Por Hyranio Garbho
Lo que Grenze contó una vez a Agripa
Norithien constituye uno de los misterios más fascinantes del esoterismo arkhanen. Éste le fue comunicado a Agripa por su maestro Gabriel Grenze. De él escribe in extenso en su libro Diarios de un Iniciado. Según Agripa Grenze le habría contado una vez que las Glorias de La Noche retornarían en todo su esplendor y majestad en las tierras donde antaño floreciera Norithien, el nuevo reino de Thule. Para Grenze Norithien se habría hallado en el extremo inverso del planeta donde se hallara el Bosque de Neegal. Este extremo inverso coincidiría con la Patagonia chileno–argentina. De allí la importancia de ser Agripa (chileno) y Mirar (argentino) iniciados del esoterismo arkhanen.
En la opinión de Grenze la energía telúrica del planeta y la forma que cobra el paisaje en esas tierras habría llevado a los sobrevivientes de la antigua Thule a refundar allí su antiguo reino, la nueva Thule, la Thule de los confines de la Tierra (la Thule Finis Terræ), llamada también Norithien en las Bodas Arkhanen. El artífice de esta gesta habría sido un sobreviviente de la Atlántida (la Thule de los orígenes) llamado Lin, discípulo de Arpha, y alter–ego de Yrmion. La Ciudad de Lin, capital de Norithien (el Nuevo Reino de Thule), fue llamada Lin–Lin o Élelin en la antigüedad (prácticamente en la antigüedad de los tiempos míticos) y Ciudad de Los Césares por quienes la conocieron gracias a las crónicas de Francisco de César. Esta ciudad y este reino se habría hallado en la Patagonia chileno–argentino, a la altura de donde hoy se encuentran las ciudades de Osorno (Chile), Angostura (Argentina) y Bariloche (Argentina). Una información extraída de las crónicas de Francisco de César nos lleva a situarla en una región por completo distinta a la señalada por Grenze en esa primera época de su relación con Agripa.
Sabido es que Francisco de César y sus expedicionarios contaron haber hallado la Ciudad de Los Césares al interior de la pampa argentina, particularmente en la región de las sierras cercanas a la ciudad de Córdoba. Una secreta tradición cultivada esotéricamente situaba la mágica ciudad de Élelin en los 33º latitud sur. Según esta tradición la ciudad se hallaba enclavada y oculta en una región montañosa de muy difícil acceso. Ello llevó a Francisco de César y su comitiva exploradora a creer que había hallado la ciudad en las inmediaciones de donde hoy se encuentra Córdoba, en Argentina. Este enclave cumplía a cabalidad con los informes secretos de que disponía el expedicionario español. Cercana al paralelo treinta y tres, a los pies de un cordón montañoso (la llamada sierra pampeana), Córdoba, se ofrecía como el mejor escenario para interpretar sus claves esotéricas. Pero he aquí que éste no conocía entonces, porque no se había descubierto aun, los valles de un inmenso territorio situados a los pies de un auténtico cordón montañoso inaccesible. Era éste un enclave situado en los mismísimos 33º de la latitud sur. Los valles, donde luego sería fundada la ciudad de Santiago de Chile, interpretaban así, muchísimo mejor, las claves esotéricas para encontrar la mítica ciudad perdida de Los Césares.
Gabriel Grenze ignoró esto hasta poco antes de su muerte. Enfermo y conocer objetivo de su trágico desenlace, mandó llamar a su discípulo predilecto, Agripa, y le contó en detalles todo lo relativo a estos misterios. Le habló de ciertas claves secretas cuyo origen no estaba autorizado a revelar. Según éstas Norithien, el Nuevo Reino de Thule habría sido fundado por Lin–Lin en las cumbres de los Andes que pasan, exactamente, por los 33º latitud sur. Allí, en el centro del reino, se hallaría Élelin, la ciudad mágica que aparece y desaparece, residencia de Lin. Ésta habría sido La Ciudad de Los Césares que Francisco de César creyó hallar a los pies de las sierras pampeanas, y que otra tradición sitúa al sur del territorio chileno–argentino, en la mágica Patagonia. Esto habría contado Grenze a Agripa en las postrimerías de su vida. Y por eso Agripa habría intentado formar aquí, en Chile, con escaso éxito, círculos de estudiosos del esoterismo que cultivaban estos misterios. Agripa nos habló de esto también en el otoño de su vida. Y desde entonces he buscado infatigablemente las señales que corroboren lo testimoniado por Agripa sobre Chile, Santiago, y el reino de Thule que una vez, supuestamente, fue fundado aquí. Pongo ahora a disposición de todos los resultados preliminares de mi investigación. La mayor parte de ello es especulación pura; pero especulación no sobre la base de nada, sino sobre la base de un conocimiento alterno, cuyas claves no puedo aquí todavía revelar.
sábado, 16 de octubre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
La Piedra de Uril y el Misterioso Bosque de Neegal
Por Hyranio Garbho
El Bosque de Neegal es un arquetipo del esoterismo arkhanen y un símbolo privilegiadísimo del opus alchimicum ururiano. Ubicado donde hoy se encuentra el Teutoburger Wald constituyó en el pasado el lugar más sacro para los ario–arkhanen por tres significativas razones. Primero, porque fue el lugar donde se celebraron las bodas arkhanen. Segundo, porque fue la región escogida para emplazar el Uril. Y tercero, porque es el escenario donde se desarrolla la mágica historia de Sigur y Vaal de Marne, épica arquetípica de la iniciación aria en A–Mor, cuyos ecos darán vida, en los tiempos históricos, a la leyenda del Graal.
En Las Bodas Arkhanen el mágico y misterioso Bosque de Neegal constituye el tema central de la Cuarta Jornada. Allí se nos informa que ése fue el lugar dónde los primeros habitantes del planeta, venidos de otra estrella, ocultaron su reliquia más sagrada, una piedra conocida con el nombre de Uril. La palabra Neegal y Uril son ambas iroglifos ururianos. La primera significa literalmente Tierra de "Neeg", pues el sufijo AL, compuesto por la runa Ar y la runa Laf, suele ser interpretado como "Tierra" o "Región". La palabra "Neeg", en kálico, compuesta por las runas Noth, la doble Eh y Gibor, significa literalmente "Las Nupcias de los Dioses bajo la Ley que es Destino". Esas nupcias divinas (nupcias de los Gotten) son la replicación de las bodas arkhanen en este plano del acontecer (o en este nuevo planeta). La segunda palabra, "Uril" (de las runas Ur, Is y Laf), invoca la idea que el Conocimiento Interior es Fuerza Interior y Visión de la Totalidad.
Según Agnes del Lacio el antiguo Bosque de Neegal, lugar al que se llevó originalmente la Piedra de Uril, comprendía un territorio mucho más vasto que el que hoy abarca el Teutoburger Wald. Se iniciaba en la mítica Ljvdwert, en Frisia, extendiéndose por el oriente hasta donde hoy se encuentra la ciudad de Berlín. Por el sur abrazaba los límites norte de la actual Bélgica y la actual Luxemburgo. En Alemania el Bosque se extendía hasta la actual Frankfurt.
En el Bosque de Neegal fue donde comenzó todo. Las Bodas Arkhanen, atribuidas al mítico Urur, señalan que el lugar fue elegido para custodiar el Uril mucho antes de la fundación de Thule . Entre esta mítica ciudad y el lugar preciso donde fue llevado el Uril habían, según Las Bodas Arkhanen, 2600 pasos (algo así como 2756 kilómetros, si atendemos a la indicación de Del Lacio, según la cual, un paso arkhanen habría medido 106 centímetros).
De acuerdo con Las Bodas Arkhanen el Bosque de Neegal llegó a ser un lugar mágico, de retiro, precisamente, gracias a la Piedra de Uril. En los tiempos más remotos, antes del hundimiento de Alt–Land (La tierra antigua), la Thule de los orígenes, este lugar era considerado sacro. Y el camino que a él conducía, una senda de peregrinación. Ése camino se iniciaba en el antiguo Puerto de Kâdik, al que los arkhanen Sippe llegaban provenientes del Puerto Brasil, ubicado en la región suroriental de la Isla de Thule, paralela al estrecho de Gibraltar. Y consultaba un periplo que cruzaba toda Hispania, haciendo estaciones en lugares próximos a los sitios donde hoy se hallan ciudades como Córdoba, Toledo, Teruel y Huesca en la antigua Ar–Agon. Tras cruzar los pirineos la siguiente estación de la ruta era Carcassonne, por donde el camino continuaba hasta alcanzar la ruta del Ródano; y desde allí, siguiendo una de sus bifurcaciones, penetraba la actual Alemania, hasta la región donde hallábase antiguamente el Bosque de Neegal (llamado luego Nieg–al, Ning–al, Oster–ning–al, Os–ning–al, Os–ning, Osning).
En el Bosque de Neegal se celebraron las Bodas Arkhanen. Éstas, míticamente, representan la unión de ambos planos del acontecer, simbolizados en el misterio de la duplicación de la Runa Noth. Tal prodigio fue actualizado por Wotan (o sus fieles seguidores) en el Bosque de Neegal. Cuenta la leyenda ururiana que Wotan, ya anciano, concibió allí una segunda forma de transmutación necesaria para reactivar el äthion dormido. El äthion –o Electrón Divino, como lo llamara Jörg Lanz von Liebenfels– vibraba entonces en su mínima expresión, debido a la lejanía en que se hallaban los garbharien respecto de la estrella madre, su patria ancestral, Aldebarán. Ello produjo que éstos perdieran el equilibrio e incurrieran en conductas erráticas, incoherentes y contra toda armonía y sentido. Cometieron entonces el pecado racial y se sublevaron contra el bello orden establecido. Wotan, líder aun de los garbharien, temiendo por la Piedra de Uril, marchó junto a sus leales seguidores hasta el Bosque de Neegal, para ponerla a resguardo de los rebeldes. Pues éstos sabían del poder contenido en la Piedra. El Uril, la Piedra traída de Aldebarán, era la energía usada para mantener el equilibrio magnético del planeta, –y era, también, la energía que había hecho de la Tierra un lugar habitable (pues este planeta, sin la energía de Uril, habría continuado siendo muy similar a lo que hoy son los otros planetas del sistema solar). Esa piedra contenía todo el poder necesario para regir sobre los elementos; y era, además, la fuente de la que emanaba toda la sabiduría y la ciencia de la antigüedad. Quien se hacía con ella se hacía con todo el poder. Por eso era necesario resguardarla.
La leyenda es errática al señalar cuál fue entonces el destino del Uril. En Las Bodas Arkhanen se señalan mínimamente tres distintos derroteros de esta piedra sagrada. La primera señala que, después de llevar a cabo las Bodas Arkhanen, la transmutación que convirtió a los garbharien en arkhanen, Wotan instruyó que el Uril fuera sacado del Bosque de Neegal y llevado al centro de la Tierra. Éste sería hoy lo que algunos llaman el Sol Negro, núcleo portentoso del que emana la energía de la Tierra Interior. Un segundo posible destino de la Piedra de Uril señala que ésta, en su periplo a la Tierra Interior, fue interceptada por los rebeldes y rota en tres partes. Estos tres pedazos de roca habrían caído en lugares relacionados geométricamente, alrededor de lo que hoy medimos en los 33º latitud norte y 33º latitud sur, formando un triángulo que tiene a las azores por vértice principal y las ciudades de Santiago de Chile y Ciudad del Cabo, como base de la pirámide. La tercera posibilidad que señala Las Bodas Arkhanen sugiere que la Piedra fue llevada a un lugar considerado el equivalente exacto, en el otro hemisferio de la tierra, al sitio donde ésta se hallaba en el Bosque de Neegal. Tomando como referencia la capital de la Isla de Thule, medida que los antiguos utilizaron para ubicar el centro del planeta, este equivalente exacto, en el otro hemisferio (medido con coordenadas actuales) está en los 70º longitud oeste y 33º latitud sur –o sea, unos treinta kilómetros al sureste de Santiago de Chile.
Esta tercera posibilidad, la más esotérica de todas, está relacionada con Lin, el mago blanco discípulo de Arpha, que viajó a estas tierras presumiblemente unos 6000 años antes de cristo, en busca de la Piedra de Uril, y que fundara sobre las colinas donde la hallara una mágica ciudad llamada Norithien, la que en memoria y homenaje suyo sería conocida luego como Élelin. Este maravilloso relato, histórico y arquetipo, comienza con las Bodas de Lin (léase la consagración de Lin –en kálico demótico las Bar Lin, razón por la cual la ciudad donde este acto se llevó a cabo llamóse luego Barlin), el rey blanco del Uril (rey o dios, indistintamente), en torno del cual se desarrolla la mágica leyenda de Sigur y Vaal de Marne. Según Las Bodas Arkhanen Lin, el rey blanco, había sido elegido para marchar en la búsqueda del Uril al otro hemisferio. Mas, para hacerlo, precisa ser consagrado. Cuando va camino a su consagración es acosado por enemigos quienes le hieren de muerte en la ingle. Agónico, y sin poder recuperarse, es llevado a una misteriosa posada, en lo profundo e insondable del bosque, donde vive una mujer con su hijo y sus sirvientes. Este hijo lleva por nombre Sigur y ha sido llevado hasta allí por su madre para evitar que éste se convierta en un guerrero como lo fuera su padre. Pero Sigur, de bélica estirpe, lleva el combate, la guerra y las aventuras en sus venas. Cuando llega a su casa Lin, éste le cuenta que el único modo de sobrevivir a sus mortales heridas es poniendo en éstas la piedra de Uril. Una esotérica leyenda le ha avisado a Lin que cuando Wotan instruyó llevar la reliquia al otro polo, extrajo de ésta siete pequeños pedazos del tamaño de una mano, que pudieran adornar su corona, para mantener la conexión con la Piedra madre que sería llevada a las tierras australes. En su periplo a la Isla de Thule uno de estos pedazos del Uril se desprendió de la corona de Wotan y se perdió sin dejar ningún rastro. Pero a Lin habían llegado noticias de dónde podía hallarse. Entonces fue cuando voluntariamente el joven Sigur se ofreció para ir en la búsqueda del Uril, la piedra de la inmortalidad. En su aventura conoce a Vaal, reina de Marne, tierra que después será llamada Aragón. Para revelarle el secreto del Uril ella hace la pregunta de rigor, cuya respuesta el héroe Sigur ignora, pues no ha sido iniciado. Entonces le encomienda superar siete pruebas, tras cuya realización no sólo conocerá el paradero del Uril, sino, además, obtendrá su mano. El héroe, entonces, emprende sus siete aventuras, una de las cuales le lleva al inframundo, donde yace enterrada la espada que lo hará invisible e invencible. Sigur triunfa en todas sus pruebas y desposa a Vaal de Marne. Luego de esto lleva el Uril hasta donde Lin y le cura para que pueda ser consagrado.
Es éste un relato enteramente esotérico. Todo en él apunta a una iniciación, la iniciación aria en A-Mor. Su estructura, aunque difiere en algunos pequeños detalles, responde al mismo arquetipo de la leyenda teutónica de Parsifal. Más que leyendas ambas son claves para encriptar el secreto de la auténtica iniciación aria. Esa misma estructura arquetípica volverá a estar presente en el relato cuando, tras ser consagrado, Lin marche hacia el otro polo, en la búsqueda del Uril, la Piedra grande que ha sido ocultada en las cumbres del austral hemisferio.
Sobre las diferencias entre el Uril de Sigur y el Uril de Lin cabe apuntar lo siguiente. En siete ocasiones en Las Bodas de Arkhanen se hace referencia al Uril de Sigur como un poder a través del cual se aprende que los dioses o los héroes renacen en la ley de la derrota o la caída. Las claves de este aprendizaje vienen definidas por cuatro conceptos determinantes: 1) Dioses o héroes, 2) Renacimiento, 3) Ley y 4) Derrota o caída. Si interpretamos cada uno de estos conceptos según la sabiduría rúnica tenemos que el primero es equivalente a la runa Gib o Gibor, el segundo a la runa Ar, runa del renacimiento, el tercero a la runa Ried, runa de la ley; y el cuarto a la runa Laf, runa de la caída o derrota. Si usamos los valores literales de todas estas runas, aunque no necesariamente en un sentido secuencial, podemos formar la palabra GRAL (G de Gibor, R de Ried, A de Ar y L de Laf). Ahora bien, si tomamos en consideración que esotéricamente se ha definido como verdadero únicamente a lo arquetípico, esto es, a lo que tiene su correlato en el otro plano, lo que se representa en la duplicación de una runa, si este Uril habla del auténtico renacimiento, entonces tendremos una duplicación de la runa Ar, runa del renacimiento, formando así la palabra "Graal". Esto es, por cierto, una hipótesis personal. En las Bodas Arkhanen jamás se habla de un Graal. Pero, teniendo en consideración lo planteado más arriba, es probable que ésa sea la diferencia entre un Uril y otro. Con todo, más allá de estas últimas especulaciones, es evidente para quien tiene conocimiento sobre estos asuntos, que existe un paralelismo innegable entre el Uril de Las Bodas Arkhanen y el Grial del Parsifal de Von Eschenbach. Del mismo modo que es inevitable, al nombrar la palabra Uril, no pensar en el Vril de Edward Bulwer-Lytton. Vril y Grial pudieran estar emparentados, así, a partir de estas leyendas. Como, por cierto, lo están los mágicos lugares que albergaron, ayer y hoy, estas preciadas reliquias.
El Bosque de Neegal es un arquetipo del esoterismo arkhanen y un símbolo privilegiadísimo del opus alchimicum ururiano. Ubicado donde hoy se encuentra el Teutoburger Wald constituyó en el pasado el lugar más sacro para los ario–arkhanen por tres significativas razones. Primero, porque fue el lugar donde se celebraron las bodas arkhanen. Segundo, porque fue la región escogida para emplazar el Uril. Y tercero, porque es el escenario donde se desarrolla la mágica historia de Sigur y Vaal de Marne, épica arquetípica de la iniciación aria en A–Mor, cuyos ecos darán vida, en los tiempos históricos, a la leyenda del Graal.
En Las Bodas Arkhanen el mágico y misterioso Bosque de Neegal constituye el tema central de la Cuarta Jornada. Allí se nos informa que ése fue el lugar dónde los primeros habitantes del planeta, venidos de otra estrella, ocultaron su reliquia más sagrada, una piedra conocida con el nombre de Uril. La palabra Neegal y Uril son ambas iroglifos ururianos. La primera significa literalmente Tierra de "Neeg", pues el sufijo AL, compuesto por la runa Ar y la runa Laf, suele ser interpretado como "Tierra" o "Región". La palabra "Neeg", en kálico, compuesta por las runas Noth, la doble Eh y Gibor, significa literalmente "Las Nupcias de los Dioses bajo la Ley que es Destino". Esas nupcias divinas (nupcias de los Gotten) son la replicación de las bodas arkhanen en este plano del acontecer (o en este nuevo planeta). La segunda palabra, "Uril" (de las runas Ur, Is y Laf), invoca la idea que el Conocimiento Interior es Fuerza Interior y Visión de la Totalidad.
Según Agnes del Lacio el antiguo Bosque de Neegal, lugar al que se llevó originalmente la Piedra de Uril, comprendía un territorio mucho más vasto que el que hoy abarca el Teutoburger Wald. Se iniciaba en la mítica Ljvdwert, en Frisia, extendiéndose por el oriente hasta donde hoy se encuentra la ciudad de Berlín. Por el sur abrazaba los límites norte de la actual Bélgica y la actual Luxemburgo. En Alemania el Bosque se extendía hasta la actual Frankfurt.
En el Bosque de Neegal fue donde comenzó todo. Las Bodas Arkhanen, atribuidas al mítico Urur, señalan que el lugar fue elegido para custodiar el Uril mucho antes de la fundación de Thule . Entre esta mítica ciudad y el lugar preciso donde fue llevado el Uril habían, según Las Bodas Arkhanen, 2600 pasos (algo así como 2756 kilómetros, si atendemos a la indicación de Del Lacio, según la cual, un paso arkhanen habría medido 106 centímetros).
De acuerdo con Las Bodas Arkhanen el Bosque de Neegal llegó a ser un lugar mágico, de retiro, precisamente, gracias a la Piedra de Uril. En los tiempos más remotos, antes del hundimiento de Alt–Land (La tierra antigua), la Thule de los orígenes, este lugar era considerado sacro. Y el camino que a él conducía, una senda de peregrinación. Ése camino se iniciaba en el antiguo Puerto de Kâdik, al que los arkhanen Sippe llegaban provenientes del Puerto Brasil, ubicado en la región suroriental de la Isla de Thule, paralela al estrecho de Gibraltar. Y consultaba un periplo que cruzaba toda Hispania, haciendo estaciones en lugares próximos a los sitios donde hoy se hallan ciudades como Córdoba, Toledo, Teruel y Huesca en la antigua Ar–Agon. Tras cruzar los pirineos la siguiente estación de la ruta era Carcassonne, por donde el camino continuaba hasta alcanzar la ruta del Ródano; y desde allí, siguiendo una de sus bifurcaciones, penetraba la actual Alemania, hasta la región donde hallábase antiguamente el Bosque de Neegal (llamado luego Nieg–al, Ning–al, Oster–ning–al, Os–ning–al, Os–ning, Osning).
En el Bosque de Neegal se celebraron las Bodas Arkhanen. Éstas, míticamente, representan la unión de ambos planos del acontecer, simbolizados en el misterio de la duplicación de la Runa Noth. Tal prodigio fue actualizado por Wotan (o sus fieles seguidores) en el Bosque de Neegal. Cuenta la leyenda ururiana que Wotan, ya anciano, concibió allí una segunda forma de transmutación necesaria para reactivar el äthion dormido. El äthion –o Electrón Divino, como lo llamara Jörg Lanz von Liebenfels– vibraba entonces en su mínima expresión, debido a la lejanía en que se hallaban los garbharien respecto de la estrella madre, su patria ancestral, Aldebarán. Ello produjo que éstos perdieran el equilibrio e incurrieran en conductas erráticas, incoherentes y contra toda armonía y sentido. Cometieron entonces el pecado racial y se sublevaron contra el bello orden establecido. Wotan, líder aun de los garbharien, temiendo por la Piedra de Uril, marchó junto a sus leales seguidores hasta el Bosque de Neegal, para ponerla a resguardo de los rebeldes. Pues éstos sabían del poder contenido en la Piedra. El Uril, la Piedra traída de Aldebarán, era la energía usada para mantener el equilibrio magnético del planeta, –y era, también, la energía que había hecho de la Tierra un lugar habitable (pues este planeta, sin la energía de Uril, habría continuado siendo muy similar a lo que hoy son los otros planetas del sistema solar). Esa piedra contenía todo el poder necesario para regir sobre los elementos; y era, además, la fuente de la que emanaba toda la sabiduría y la ciencia de la antigüedad. Quien se hacía con ella se hacía con todo el poder. Por eso era necesario resguardarla.
La leyenda es errática al señalar cuál fue entonces el destino del Uril. En Las Bodas Arkhanen se señalan mínimamente tres distintos derroteros de esta piedra sagrada. La primera señala que, después de llevar a cabo las Bodas Arkhanen, la transmutación que convirtió a los garbharien en arkhanen, Wotan instruyó que el Uril fuera sacado del Bosque de Neegal y llevado al centro de la Tierra. Éste sería hoy lo que algunos llaman el Sol Negro, núcleo portentoso del que emana la energía de la Tierra Interior. Un segundo posible destino de la Piedra de Uril señala que ésta, en su periplo a la Tierra Interior, fue interceptada por los rebeldes y rota en tres partes. Estos tres pedazos de roca habrían caído en lugares relacionados geométricamente, alrededor de lo que hoy medimos en los 33º latitud norte y 33º latitud sur, formando un triángulo que tiene a las azores por vértice principal y las ciudades de Santiago de Chile y Ciudad del Cabo, como base de la pirámide. La tercera posibilidad que señala Las Bodas Arkhanen sugiere que la Piedra fue llevada a un lugar considerado el equivalente exacto, en el otro hemisferio de la tierra, al sitio donde ésta se hallaba en el Bosque de Neegal. Tomando como referencia la capital de la Isla de Thule, medida que los antiguos utilizaron para ubicar el centro del planeta, este equivalente exacto, en el otro hemisferio (medido con coordenadas actuales) está en los 70º longitud oeste y 33º latitud sur –o sea, unos treinta kilómetros al sureste de Santiago de Chile.
Esta tercera posibilidad, la más esotérica de todas, está relacionada con Lin, el mago blanco discípulo de Arpha, que viajó a estas tierras presumiblemente unos 6000 años antes de cristo, en busca de la Piedra de Uril, y que fundara sobre las colinas donde la hallara una mágica ciudad llamada Norithien, la que en memoria y homenaje suyo sería conocida luego como Élelin. Este maravilloso relato, histórico y arquetipo, comienza con las Bodas de Lin (léase la consagración de Lin –en kálico demótico las Bar Lin, razón por la cual la ciudad donde este acto se llevó a cabo llamóse luego Barlin), el rey blanco del Uril (rey o dios, indistintamente), en torno del cual se desarrolla la mágica leyenda de Sigur y Vaal de Marne. Según Las Bodas Arkhanen Lin, el rey blanco, había sido elegido para marchar en la búsqueda del Uril al otro hemisferio. Mas, para hacerlo, precisa ser consagrado. Cuando va camino a su consagración es acosado por enemigos quienes le hieren de muerte en la ingle. Agónico, y sin poder recuperarse, es llevado a una misteriosa posada, en lo profundo e insondable del bosque, donde vive una mujer con su hijo y sus sirvientes. Este hijo lleva por nombre Sigur y ha sido llevado hasta allí por su madre para evitar que éste se convierta en un guerrero como lo fuera su padre. Pero Sigur, de bélica estirpe, lleva el combate, la guerra y las aventuras en sus venas. Cuando llega a su casa Lin, éste le cuenta que el único modo de sobrevivir a sus mortales heridas es poniendo en éstas la piedra de Uril. Una esotérica leyenda le ha avisado a Lin que cuando Wotan instruyó llevar la reliquia al otro polo, extrajo de ésta siete pequeños pedazos del tamaño de una mano, que pudieran adornar su corona, para mantener la conexión con la Piedra madre que sería llevada a las tierras australes. En su periplo a la Isla de Thule uno de estos pedazos del Uril se desprendió de la corona de Wotan y se perdió sin dejar ningún rastro. Pero a Lin habían llegado noticias de dónde podía hallarse. Entonces fue cuando voluntariamente el joven Sigur se ofreció para ir en la búsqueda del Uril, la piedra de la inmortalidad. En su aventura conoce a Vaal, reina de Marne, tierra que después será llamada Aragón. Para revelarle el secreto del Uril ella hace la pregunta de rigor, cuya respuesta el héroe Sigur ignora, pues no ha sido iniciado. Entonces le encomienda superar siete pruebas, tras cuya realización no sólo conocerá el paradero del Uril, sino, además, obtendrá su mano. El héroe, entonces, emprende sus siete aventuras, una de las cuales le lleva al inframundo, donde yace enterrada la espada que lo hará invisible e invencible. Sigur triunfa en todas sus pruebas y desposa a Vaal de Marne. Luego de esto lleva el Uril hasta donde Lin y le cura para que pueda ser consagrado.
Es éste un relato enteramente esotérico. Todo en él apunta a una iniciación, la iniciación aria en A-Mor. Su estructura, aunque difiere en algunos pequeños detalles, responde al mismo arquetipo de la leyenda teutónica de Parsifal. Más que leyendas ambas son claves para encriptar el secreto de la auténtica iniciación aria. Esa misma estructura arquetípica volverá a estar presente en el relato cuando, tras ser consagrado, Lin marche hacia el otro polo, en la búsqueda del Uril, la Piedra grande que ha sido ocultada en las cumbres del austral hemisferio.
Sobre las diferencias entre el Uril de Sigur y el Uril de Lin cabe apuntar lo siguiente. En siete ocasiones en Las Bodas de Arkhanen se hace referencia al Uril de Sigur como un poder a través del cual se aprende que los dioses o los héroes renacen en la ley de la derrota o la caída. Las claves de este aprendizaje vienen definidas por cuatro conceptos determinantes: 1) Dioses o héroes, 2) Renacimiento, 3) Ley y 4) Derrota o caída. Si interpretamos cada uno de estos conceptos según la sabiduría rúnica tenemos que el primero es equivalente a la runa Gib o Gibor, el segundo a la runa Ar, runa del renacimiento, el tercero a la runa Ried, runa de la ley; y el cuarto a la runa Laf, runa de la caída o derrota. Si usamos los valores literales de todas estas runas, aunque no necesariamente en un sentido secuencial, podemos formar la palabra GRAL (G de Gibor, R de Ried, A de Ar y L de Laf). Ahora bien, si tomamos en consideración que esotéricamente se ha definido como verdadero únicamente a lo arquetípico, esto es, a lo que tiene su correlato en el otro plano, lo que se representa en la duplicación de una runa, si este Uril habla del auténtico renacimiento, entonces tendremos una duplicación de la runa Ar, runa del renacimiento, formando así la palabra "Graal". Esto es, por cierto, una hipótesis personal. En las Bodas Arkhanen jamás se habla de un Graal. Pero, teniendo en consideración lo planteado más arriba, es probable que ésa sea la diferencia entre un Uril y otro. Con todo, más allá de estas últimas especulaciones, es evidente para quien tiene conocimiento sobre estos asuntos, que existe un paralelismo innegable entre el Uril de Las Bodas Arkhanen y el Grial del Parsifal de Von Eschenbach. Del mismo modo que es inevitable, al nombrar la palabra Uril, no pensar en el Vril de Edward Bulwer-Lytton. Vril y Grial pudieran estar emparentados, así, a partir de estas leyendas. Como, por cierto, lo están los mágicos lugares que albergaron, ayer y hoy, estas preciadas reliquias.
viernes, 30 de julio de 2010
El Significado del nombre de Thule
Por Hyranio Garbho
Muy pocos, por no decir casi nadie, conoce el significado de la palabra Thule y su símbolo. Thule es el nombre de la patria más antigua de los arios; tierra que algunos por ignorancia, y otros por pereza mental, llaman equívocamente Hyperbórea. Hyperbórea no es un nombre, sino una expresión –esto es, una forma de hablar, de expresarse, utilizada por los griegos para nominar a Thule. La palabra Hyperbórea significa "más allá de Bóreas", esto es, más allá de donde habita el dios del viento–norte, cuyo nombre es Bóreas, y que los griegos creían era la región de Tracia.
Píndaro fue el primero en utilizar esta expresión, pero curiosamente nunca habló de Hyperbórea (Ὑπερβορέια), sino de los hiperbóreos (Ὑπερβορέιοι)[1]. Esto es significativo, porque revela hasta qué punto el poeta desconocía el nombre de esta tierra, y nombraba a sus habitantes del mejor modo que podía hacerlo en griego: los hiperbóreos, esto es, los que habitan más allá del viento del norte.
Pero Hyperbórea no era el nombre de esta Tierra, ni sus habitantes se llamaban a sí mismos hiperbóreos. El nombre verdadero de Hyperbórea era Thule y sus proto–habitantes se llamaron a sí mismos "arkhanen"[2]. Ambos nombres, el del país y el de sus proto–habitantes, son de origen rúnico. Se trata de kalas sacras o iroglif (en lengua listiana). Las kalas sacras, formas proto–rúnicas invariables, son un conjunto de jeroglifos arios inmemoriales anteriores incluso a las kalas simples o runas yrmionen. Autónomas respecto de estas últimas pueden, a veces (y el caso de las palabras Thule y "arkhanen" es uno), llegar a depender de las kalas simples en su denominación, significado y diseño cuando suponen la conjunción de tres o más runas yrmionen. Aunque se ignora el por qué, esto puede dar la idea de que las kalas simples son una descomposición de kalas sacras, según el significado y utilización de estas últimas.
La palabra Thule fue utilizada, por primera vez, en el siglo IV antes de la Era Común, por un marino y explorador griego conocido como Pytheas de Massalia. Este identificó el nombre de Thule con una isla ubicada a seis días al norte de Bretaña, donde, según sus palabras, el Sol estival nunca se ponía allí. Se trataba, pues, de la vieja y mítica tierra de los Hiperbóreos de Píndaro, la isla blanca (Leuke, Albionia, Ávalon, Çveta Dvipa) que en las jornadas de Las Bodas Arkhanen representa al viejo continente desaparecido, la Antigua Tierra (Alt–Land o Atlántida) de los "arkhanen Sippe". La palabra que Pytheas de Massalia utilizó para el país fue Qoulhlo que puede pronunciarse como "Thule" o "Zule". De allí que la transcripción latina de la palabra fuese "Thule". Muchos siglos después, los cartógrafos europeos, particularmente Olaus Magnus, motivados por la transcripción de la palabra, y en la ignorancia absoluta de la escritura original y el sonido de ésta en griego, interpretaron la "U" latina como "Ypsilon" griega, y modificaron el nombre en sus mapas por el de "Tile", pensando que el original en griego era Qulhy no Qoulh(esto es de una importancia mayúscula para nosotros, los chilenos, los que habitamos en "Tile" o "Zile", origen remoto del nombre CHILE –y con esto, no se crea que soy consciente que he revelado un secreto de iniciación).
El iroglif "Thule" resulta de la conjunción de cuatro runas yrmionen. Estas runas son: la runa "Thor", la runa "Ur", la runa "Laf" y la runa "Eh". Thor, en el futhark yrmionen, representa la victoria sobre la muerte. Su significado está asociado al rejuvenecimiento, a la renovación. Rejuvenecer (no olvidar que Apolo iba cada diecinueve años a Hyperbórea –léase a Thule– a rejuvenecer) significa vencer la muerte. Es el proceso contrario de la senectud, el camino a la inversa de la vejez que lleva a la muerte. Y ése es el significado esotérico de la runa "Thor", el sentido que redescubre para nosotros el viejo vidente compositor de la novela Carnuntum. La runa "Ur" significa comienzo. Se trata del comienzo en este mundo, en este plano de la realidad, no en el otro. Ése comienzo está asociado a una Caída, una derrota, una Untergang, representada por la runa "Laf". Uno de los significados esotéricos de la runa Laf, en el sistema yrmionen, es el de "caída". Enseña éste que todo verdadero ascenso tiene como precondición una "caída", una "derrota". Pero no se trata de cualquier caída. Es la caída de la muerte mística, la muerte de iniciación, el símbolo de la combustión del ave Phoenix (un mito ario, en verdad, y no medioriental) lo que viene representado en esa derrota. Es el descenso al Hades de Orfeo y Dionisio. Esto lo testimonia la runa que acompaña a Laf en el nombre de Thule. Esta última runa es la runa "Eh", runa del matrimonio mágico, del "Elella" de Serrano, de la unión o yoga entre el cielo y la tierra, lo masculino y lo femenino. Esta runa determina el carácter de la caída. Se trata de una Nupcia, una Boda, un Yoga. Es un pacto para la conquista del cielo. El nombre de Thule enseña (señala, recuerda, hace recordar) que para vencer la muerte, renovar la vida, conquistar el cielo se precisa antes "perder", ser "derrotado". Y serlo sacramente en un campo de batalla. Es éste el sentido que tiene la expresión, tan cara a Serrano, de "ganar perdiendo"[3].
En Las Bodas Arkhanen, escrita original y enteramente en kálico, Thule es el nombre del país de los arkhanen. Los arkhanen son la tribu de los primeros habitantes del planeta llegados de las estrellas, particularmente de la constelación de Tauro, de la estrella Aldebarán (llamada "Arkhana" por los arkhanen). Han sido derrotados allí por los Yrosen (una degeneración de los Haggen de Las Bodas Arkhanen), cuya raza está destinada a desaparecer igualmente. Esta derrota es una derrota arquetípica. Es un símbolo alquímico, un lapis exilis, que señala el camino de retorno a la patria original. Se vence a la muerte en el conocimiento nupcial, yoguico, de que la caída es la precondición al ascenso, lo que expresado en términos esotéricos es el equivalente de la fórmula Nunc scio tenebris lux (ahora sé que de la oscuridad –la caída, la derrota– viene la luz –el ascenso, la conquista del cielo, el rejuvenecimiento o triunfo sobre la muerte). El nombre del país rememora (en un sentido señero) la fórmula, el camino, la vía, que conduce de retorno a la patria pérdida de los orígenes.
En uno de los símbolos herméticos más significativos de los círculos esotéricos anteriores a la llegada de Las Glorias de La Noche, compartido indistintamente por la Thule Gesellschaft y la Sociedad del Vril, se puede leer lo que sigue:
Dem neuen Zeitalter entgegen
Sieg und Heil großdeutschland
Im Kampf für die Welt
Heil das neue Reich Thule!
Lo que traducido al castellano es:
Hacia una nueva Era
Salve Victoria a la Gran Alemania
En la lucha por el mundo
Salve el nuevo reino de Thule
En la perspectiva de Las Bodas Arkhanen esta leyenda constituye una profecía. Si Alemania es el nuevo reino de Thule, sólo de sus cenizas, de su derrota, renacerá la nueva Era. Por eso Alemania debía perder para ganar. Esto lo sabía muy bien don Miguel Serrano, pero lo sabían también los miembros de la Sociedad Thule, donde Arhag fue iniciado, según el propio testimonio de su maestro e iniciador, Thoreh. La derrota de Alemania traerá oscuridad al mundo, pero allí será sembrado el germen del Porvenir, la luz que reemplazará las tinieblas.
Cuando Thule fue fundada, un día muy atrás en el tiempo, se la llamó así para grabar a fuego en la memoria el sentido y destino de los arkhanen Sippe. Estos deberán volver a pasar por la derrota para sembrar las semillas que germinarán la Nueva Era. Esa derrota monumental ya aconteció. Y de las trincheras improvisadas de resistencia, surgidas por todas partes desde el mismísimo 8 de Mayo del año 56 nHk, comenzó a germinar la Nueva Era. Esa Nueva Era –Era de retorno al Satya Yuga, retorno a la Patria Ancestral, Edad Dorada de los Dioses (los arkhanen)– está ya, germinando, en la más profunda oscuridad espiritual de que se tenga noticias en la historia. Pero de esa oscuridad brotará la luz del Nuevo Amanecer. Pues, después de todo, eso es lo que significa el nombre de Thule (Después de la Noche, el Día – o dicho como lo indica el Proto Escudo Nacional Chileno Post Tenebras Lux).
Muy pocos, por no decir casi nadie, conoce el significado de la palabra Thule y su símbolo. Thule es el nombre de la patria más antigua de los arios; tierra que algunos por ignorancia, y otros por pereza mental, llaman equívocamente Hyperbórea. Hyperbórea no es un nombre, sino una expresión –esto es, una forma de hablar, de expresarse, utilizada por los griegos para nominar a Thule. La palabra Hyperbórea significa "más allá de Bóreas", esto es, más allá de donde habita el dios del viento–norte, cuyo nombre es Bóreas, y que los griegos creían era la región de Tracia.
Píndaro fue el primero en utilizar esta expresión, pero curiosamente nunca habló de Hyperbórea (Ὑπερβορέια), sino de los hiperbóreos (Ὑπερβορέιοι)[1]. Esto es significativo, porque revela hasta qué punto el poeta desconocía el nombre de esta tierra, y nombraba a sus habitantes del mejor modo que podía hacerlo en griego: los hiperbóreos, esto es, los que habitan más allá del viento del norte.
Pero Hyperbórea no era el nombre de esta Tierra, ni sus habitantes se llamaban a sí mismos hiperbóreos. El nombre verdadero de Hyperbórea era Thule y sus proto–habitantes se llamaron a sí mismos "arkhanen"[2]. Ambos nombres, el del país y el de sus proto–habitantes, son de origen rúnico. Se trata de kalas sacras o iroglif (en lengua listiana). Las kalas sacras, formas proto–rúnicas invariables, son un conjunto de jeroglifos arios inmemoriales anteriores incluso a las kalas simples o runas yrmionen. Autónomas respecto de estas últimas pueden, a veces (y el caso de las palabras Thule y "arkhanen" es uno), llegar a depender de las kalas simples en su denominación, significado y diseño cuando suponen la conjunción de tres o más runas yrmionen. Aunque se ignora el por qué, esto puede dar la idea de que las kalas simples son una descomposición de kalas sacras, según el significado y utilización de estas últimas.
La palabra Thule fue utilizada, por primera vez, en el siglo IV antes de la Era Común, por un marino y explorador griego conocido como Pytheas de Massalia. Este identificó el nombre de Thule con una isla ubicada a seis días al norte de Bretaña, donde, según sus palabras, el Sol estival nunca se ponía allí. Se trataba, pues, de la vieja y mítica tierra de los Hiperbóreos de Píndaro, la isla blanca (Leuke, Albionia, Ávalon, Çveta Dvipa) que en las jornadas de Las Bodas Arkhanen representa al viejo continente desaparecido, la Antigua Tierra (Alt–Land o Atlántida) de los "arkhanen Sippe". La palabra que Pytheas de Massalia utilizó para el país fue Qoulhlo que puede pronunciarse como "Thule" o "Zule". De allí que la transcripción latina de la palabra fuese "Thule". Muchos siglos después, los cartógrafos europeos, particularmente Olaus Magnus, motivados por la transcripción de la palabra, y en la ignorancia absoluta de la escritura original y el sonido de ésta en griego, interpretaron la "U" latina como "Ypsilon" griega, y modificaron el nombre en sus mapas por el de "Tile", pensando que el original en griego era Qulhy no Qoulh(esto es de una importancia mayúscula para nosotros, los chilenos, los que habitamos en "Tile" o "Zile", origen remoto del nombre CHILE –y con esto, no se crea que soy consciente que he revelado un secreto de iniciación).
El iroglif "Thule" resulta de la conjunción de cuatro runas yrmionen. Estas runas son: la runa "Thor", la runa "Ur", la runa "Laf" y la runa "Eh". Thor, en el futhark yrmionen, representa la victoria sobre la muerte. Su significado está asociado al rejuvenecimiento, a la renovación. Rejuvenecer (no olvidar que Apolo iba cada diecinueve años a Hyperbórea –léase a Thule– a rejuvenecer) significa vencer la muerte. Es el proceso contrario de la senectud, el camino a la inversa de la vejez que lleva a la muerte. Y ése es el significado esotérico de la runa "Thor", el sentido que redescubre para nosotros el viejo vidente compositor de la novela Carnuntum. La runa "Ur" significa comienzo. Se trata del comienzo en este mundo, en este plano de la realidad, no en el otro. Ése comienzo está asociado a una Caída, una derrota, una Untergang, representada por la runa "Laf". Uno de los significados esotéricos de la runa Laf, en el sistema yrmionen, es el de "caída". Enseña éste que todo verdadero ascenso tiene como precondición una "caída", una "derrota". Pero no se trata de cualquier caída. Es la caída de la muerte mística, la muerte de iniciación, el símbolo de la combustión del ave Phoenix (un mito ario, en verdad, y no medioriental) lo que viene representado en esa derrota. Es el descenso al Hades de Orfeo y Dionisio. Esto lo testimonia la runa que acompaña a Laf en el nombre de Thule. Esta última runa es la runa "Eh", runa del matrimonio mágico, del "Elella" de Serrano, de la unión o yoga entre el cielo y la tierra, lo masculino y lo femenino. Esta runa determina el carácter de la caída. Se trata de una Nupcia, una Boda, un Yoga. Es un pacto para la conquista del cielo. El nombre de Thule enseña (señala, recuerda, hace recordar) que para vencer la muerte, renovar la vida, conquistar el cielo se precisa antes "perder", ser "derrotado". Y serlo sacramente en un campo de batalla. Es éste el sentido que tiene la expresión, tan cara a Serrano, de "ganar perdiendo"[3].
En Las Bodas Arkhanen, escrita original y enteramente en kálico, Thule es el nombre del país de los arkhanen. Los arkhanen son la tribu de los primeros habitantes del planeta llegados de las estrellas, particularmente de la constelación de Tauro, de la estrella Aldebarán (llamada "Arkhana" por los arkhanen). Han sido derrotados allí por los Yrosen (una degeneración de los Haggen de Las Bodas Arkhanen), cuya raza está destinada a desaparecer igualmente. Esta derrota es una derrota arquetípica. Es un símbolo alquímico, un lapis exilis, que señala el camino de retorno a la patria original. Se vence a la muerte en el conocimiento nupcial, yoguico, de que la caída es la precondición al ascenso, lo que expresado en términos esotéricos es el equivalente de la fórmula Nunc scio tenebris lux (ahora sé que de la oscuridad –la caída, la derrota– viene la luz –el ascenso, la conquista del cielo, el rejuvenecimiento o triunfo sobre la muerte). El nombre del país rememora (en un sentido señero) la fórmula, el camino, la vía, que conduce de retorno a la patria pérdida de los orígenes.
En uno de los símbolos herméticos más significativos de los círculos esotéricos anteriores a la llegada de Las Glorias de La Noche, compartido indistintamente por la Thule Gesellschaft y la Sociedad del Vril, se puede leer lo que sigue:
Dem neuen Zeitalter entgegen
Sieg und Heil großdeutschland
Im Kampf für die Welt
Heil das neue Reich Thule!
Lo que traducido al castellano es:
Hacia una nueva Era
Salve Victoria a la Gran Alemania
En la lucha por el mundo
Salve el nuevo reino de Thule
En la perspectiva de Las Bodas Arkhanen esta leyenda constituye una profecía. Si Alemania es el nuevo reino de Thule, sólo de sus cenizas, de su derrota, renacerá la nueva Era. Por eso Alemania debía perder para ganar. Esto lo sabía muy bien don Miguel Serrano, pero lo sabían también los miembros de la Sociedad Thule, donde Arhag fue iniciado, según el propio testimonio de su maestro e iniciador, Thoreh. La derrota de Alemania traerá oscuridad al mundo, pero allí será sembrado el germen del Porvenir, la luz que reemplazará las tinieblas.
Cuando Thule fue fundada, un día muy atrás en el tiempo, se la llamó así para grabar a fuego en la memoria el sentido y destino de los arkhanen Sippe. Estos deberán volver a pasar por la derrota para sembrar las semillas que germinarán la Nueva Era. Esa derrota monumental ya aconteció. Y de las trincheras improvisadas de resistencia, surgidas por todas partes desde el mismísimo 8 de Mayo del año 56 nHk, comenzó a germinar la Nueva Era. Esa Nueva Era –Era de retorno al Satya Yuga, retorno a la Patria Ancestral, Edad Dorada de los Dioses (los arkhanen)– está ya, germinando, en la más profunda oscuridad espiritual de que se tenga noticias en la historia. Pero de esa oscuridad brotará la luz del Nuevo Amanecer. Pues, después de todo, eso es lo que significa el nombre de Thule (Después de la Noche, el Día – o dicho como lo indica el Proto Escudo Nacional Chileno Post Tenebras Lux).
[1] Píndaro decía: "... ναυσὶ δ' οὔτε πεζὸς ἰών εὕροις
ἐς Ὑπερβορέων ἀγῶνα θαυματὰν ὁδόν (...ni en naves, ni a pie, podréis alcanzar
el extraño camino a la asamblea de los hiperbóreos)". Esta es la traducción correcta del verso de
Píndaro que Serrano interpreta en la fórmula "Ni por mar, ni por
tierra...".
[2] Cfr. Las
Bodas Arkhanen. También Las Enseñanzas de Urur de Agnes del
Lacio
[3] Miguel Serrano utilizó en innumerables
ocasiones esta expresión, pero nunca se tomó la molestia de explicarla. Ello fue probablemente por razones de
hermetismo. Pero el hecho de usarla –y
usarla conscientemente– revela hasta qué punto era conocedor de la filosofía
bosquiana.
lunes, 28 de junio de 2010
El Concepto de Religión en la Roma Antigua
Por Hyranio Garbho
La palabra latina Religio, de la que deriva nuestra voz castellana Religión, en su significación lata y originaria, tiene muy poco que ver, o casi nada, con las ideas que nosotros asociamos hoy al término. Para ello, baste con estos dos ejemplos que pueden muy bien ilustrar este asunto. El primero está referido a la significación de la palabra Religio en el ámbito de la romanidad, esto es, a su étymos. El segundo, a la impresión que sobre el cristianismo tuvieron los primeros romanos que conocieron de este movimiento. Vayamos, pues, al primero de estos ejemplos.
a. Significación de la palabra Religio: Existen, al respecto, tres opiniones diversas sobre el étymos de la palabra Religio: la que une la voz Religio con el étymos religere, la que lo vincula con el étymos relegere; y la que lo asocia, finalmente, con el étymos religare. De estas tres, sólo las dos primeras nos merecen confianza y legitimidad, por estar asociadas al ámbito propiamente tal de la romanidad; la tercera, en cambio, nos merece muchas dudas, pues no sólo es tardía en el tiempo, sino que, además, parece ser una invención que se inicia con el cristianismo y que busca justificar la expresión Religio en la serie de ideas que se asociarán posteriormente a esta palabra. Ya hablaremos de esto al final de esta reflexión. Religere y relegere son, a nuestro entender, los étymos legítimos de la palabra Religio. Ya explicaremos, también, cómo creemos que pueda ser posible que una palabra tenga dos étymos distintos en su significación original. Religere significa propiamente tal escrúpulo. Hace referencia, por tanto, a una disposición interior “y no a una propiedad objetiva de ciertas cosas o un conjunto de creencia y prácticas” “En la época clásica –dice Maurice Sachot- la religio Romana designa ante todo una actitud, hecha de escrupuloso respeto hacia lo instituido… Por ello se convierte en lo que fortalece a las instituciones y garantiza su duración, por medio de ese vínculo, por ese apego del ciudadano a respetar las instituciones de la ciudad” Esta cuestión nos pone sobre la pista de algo que hasta ahora se ignora casi en su totalidad –salvo, por cierto, entre círculos de historiadores, filósofos o especialistas-: el vínculo entre la Religio y las instituciones de la ciudad, o aquello que propiamente tal hace de un romano, en el mundo antiguo, ser romano. La Religio, en su acepción etimológica, hace referencia a la idea de escrúpulo. Pero no de cualquier escrúpulo, sino, ante todo, del que cabe tener frente a lo que ha sido instituido en la ciudad, y, por tanto, engloba un sagrado respeto general hacia la urbe y todo lo que ella representa. Esta idea de Religio denota ya un carácter marcadamente local, no universal. Ello fue lo que llevó a Cicerón, el célebre filósofo romano, a decir sva cviqve civitati religio (cada ciudad tiene su propia religión). Tenemos así los tres aspectos esenciales que supone el concepto original de religio: el escrúpulo (en el sentido de recogerse, de guardarse, de retenerse ante algo que se considera sagrado), la ciudad, la urbe, Roma (como el objeto hacia el que se dirige el escrúpulo de lo religioso y transforma toda forma de religio romana en una actividad social dirigida hacia los asuntos públicos –los res-publicas-, legales y de Estado); y el carácter local o nacional que distingue a cada pueblo según su propia religio, esto es, según la propia relación de escrúpulo (de respeto, de amor, de cuidado) que prevalezca entre el individuo y las instituciones (tradiciones, cultos y costumbres) de su país. De estos tres sentidos originales de la palabra Religio el primero viene atestiguado, como ya lo hemos visto, por el étymos Religere; el segundo y el tercero se fundamentan en el étymos Relegere. Este segundo étymos de la palabra Religio nos es, todavía, más legitimo, toda vez que la palabra relegere es la que propiamente tal da lugar a la formación del sustantivo Religio –la voz latina Religere forma el sustantivo Relictio y la expresión Religare (famosa únicamente a causa del cristianismo) forma el sustantivo Religatio (que se aparta ostensiblemente de las dos primeras)-. Pues bien, la palabra latina relegere es un derivado del verbo legere, lego, que significa, entre otras cosas, leer, pero principalmente, su significación es la de recoger, reunir, recolectar. ¿Recolectar, recoger qué? Recoger espigas, uvas, frutos del campo y de las cosechas. He aquí que la expresión lego, en su sentido original, hacía referencia a una actividad del campo propiamente tal, a un “hacer” ligado a la tierra. En su sentido más primitivo, Religio deriva de lego, relego, relegere. Esta es la etimología que propone, al menos, Cicerón. Pero en Cicerón relegere significa también tratar un asunto con diligencia, con escrúpulo. De ahí que el sentido de lo escrupuloso quede también integrado en este étymos del relegere. Pero en su acepción más fuerte relegere está vinculado a los otros dos sentidos originales de la palabra Religio: el que dice relación con las instituciones de la ciudad y el que se vincula al carácter local de esas instituciones. Las instituciones de la ciudad no son otra cosa que todo aquello que se ha instituido a lo largo del tiempo; por lo que, cuando hablamos de esas instituciones estamos haciendo referencia a aquello que ha permanecido, que ha logrado cristalizar en costumbres y tradiciones; y que, por lo mismo, también, constituyen hoy el fundamento de lo que son nuestras leyes, nuestra cultura, nuestro patrimonio patrio. Las instituciones de la ciudad, tratándose de Roma, son sus costumbres, sus tradiciones, su derecho romano, sus dioses, su Re-pública. Ese es el sentido fuerte de la expresión Religio Romana; y es ese sentido el que nos viene dado por el propio testimonio de un filósofo romano, Marco Tulio Cicerón. La idea de que la palabra Religión deriva de la palabra Religare –cuyo sustantivo legítimo forma la palabra Religatio y no Religio- se la debemos a un filósofo cristiano del siglo IV (o sea, por lo menos, 350 años después de Cicerón y en una época en la que ya, prácticamente, Roma no existe) de nombre Lactancio. Esta etimología fue muy probablemente propuesta con el ánimo de justificar algo, que en tiempos de Cicerón, habría parecido un notable contrasentido: esto es, el hecho tan común en nuestros días de concebir al cristianismo como una religión. Por esa razón nos parece de poco valor revisar una etimología tan evidentemente arbitraria, que fuerza el sentido original de un término para hacerlo coincidir con un conjunto de creencias y prácticas originadas en otros suelos lingüísticos, en otras concepciones del mundo y de la vida.
La religio romana hace referencia, en su sentido más primitivo, a una actividad que se realiza, propiamente tal, en el campo. Religio es relegere, palabra latina que deriva de legere, de lego. Lego es recolectar, recoger las espigas, los frutos del campo, de la tierra. El campo romano es el fundamento de lo que después será la ciudad de Roma. Es en el campo donde los romanos forman su carácter, sus costumbres, sus tradiciones, y las instituciones que algún día harán grande a la urbe de Roma, a la ciudad. Es en relación con esa tierra que cultivan en los campos de Roma, que se irá forjando el sentido de la Religio Romana, las instituciones a las que posteriormente el romano deberá sagrado y escrupuloso respeto. Pero este escrúpulo, este respeto por lo que son las tradiciones y las costumbres de Roma que brotan de su tierra se completa, únicamente, en el vínculo que une todo esto a la sangre romana, a la sangre de los padres fundadores de Roma, a aquellos que fundamentarán el posterior patriciado. La Religio surge cuando hay un vínculo entre la sangre y la tierra, entre la sangre y el suelo: pues el suelo patrio es el fundamento último que vuelve posible la existencia de un pueblo unido por la sangre. No hay pueblo, no hay comunidad de sangre, sin tierra, sin un suelo que habitar y la religio es el vínculo que hace patente ese matrimonio entre la sangre y el suelo.
Cuando Cicerón definía la Religio como el sagrado respeto a lo que son las tradiciones y las costumbres de Roma, la escrupulosa diligencia a conservar las instituciones y la estructura del Estado, etc., lo que estaba en juego allí era la conservación de Roma, de su sangre y de su suelo. Esto merece más de una explicación. Sabido es que en la antigua Roma existían dos clases sociales muy bien diferenciadas: los patricios y los plebeyos. Y digo “sabido es” como de un modo de expresarse, simplemente, porque si se cree que se trataba de dos clases sociales (idea inculcada por el marxismo y enseñada hasta el presente como si se tratara de la verdad) se comete un error de apreciación grave y una falta de rigurosidad significativa. Clases sociales, propiamente tal, es lo que se verá aparecer en el mundo moderno con el advenimiento del capitalismo y las formas modernas de producción económica. Entre Patricios y Plebeyos las diferencias no son de carácter social (de hecho, sorprendería saber de la cantidad de plebeyos que en la Roma antigua poseían mayores riquezas que los mismos Patricios). Lo que diferencia a los Patricios de los Plebeyos viene determinado por la sangre (razón por la que incluso hasta poco después de la redacción de las doce Tablas todavía seguía prohibiéndose el establecimiento de matrimonios cruzados entre Patricios y Plebeyos). Los Patricios eran quienes portaban la sangre de los Padres fundadores de Roma, sus descendientes legítimos. Es en ese vínculo natural (no artificial) que basaban su pertenencia a un grupo humano y sus derechos sobre esa tierra que era Roma. Los Plebeyos, en cambio, eran los extranjeros. La lucha, por tanto, entre Patricios y Plebeyos, no es una lucha social entre quienes tienen privilegios económicos y quienes no (como intentó hacérnoslo creer Marx); sino, más bien, una lucha entre quienes son muy consciente de la sangre que portan (los Patricios) -y su legítimo derecho a querer conservarla- y quienes no poseen la calidad de ciudadanos precisamente porque no portan esa sangre y no son descendientes de los padres fundadores de la ciudad. La Religio romana data de esta época de los orígenes de Roma, en los que la sangre y el suelo fundamentan el ser romano, más allá de cualquier considerando artificial. Las mores romanas, las costumbres y las tradiciones de la ciudad que luego invocará Cicerón, al hablar de Religio, no son otras que las que cristalizaron en este época de los comienzos de Roma, época en la que se fundamenta su grandeza y que comenzará a debilitarse y desvirtuarse desde los tiempos de la igualdad de los derechos civiles entre Patricios y Plebeyos (siglo IV a.E.C.).
Sangre y suelo fundamentan toda forma de religión no sólo en el sentido de una cosmovisión, sino, esencialmente, en la impronta de un ser-en-el-mundo. La Religio es únicamente posible en la medida en que tiene como presupuesto la sangre y el suelo. Fuera de esta relación, fuera de este vínculo, no tiene sentido alguno hablar de religión.
b. La impresión que se llevaron los romanos de los primeros cristianos: “Religión” y “cristianismo” son dos conceptos tan estrechamente ligados en el mundo moderno, vinculados de un modo tan intransigente que a nadie medianamente sensato podría ocurrírsele disociarlos, en algún modo u otro, o plantear alguna duda respecto de su legítima relación. Y sin embargo, en los hechos y en la lógica –y por lo tanto, en el sentido común, en la cordura y en la sensatez- nada más antitético y contradictorio –incluso, nada más imposible- que vincular “cristianismo” con “Religión”. La expresión “religión cristiana” es, en los hechos, una contradictio in terminis (contradicción en los términos).
Para nosotros, hombres occidentales modernos, nacidos tras dos milenios de bastardización de occidente, asociar estas dos palabras nos resulta algo tan normal, tan obvio, tan elocuente y necesario, que la sola duda respecto de su logicidad y derecho nos hace fruncir el ceño y plantearnos más de una interrogante. Vivimos bajo la ciega convicción de que “cristianismo” y “religión” son lo mismo; y esta idea amparada en el yugo del más irreflexivo dictamen se perpetua únicamente porque entre los hombres nada hay mejor repartido que la pereza mental y la ignorancia sobre el fundamento de las cosas. La mayoría de la gente de hoy vive como si el mundo se hubiese creado hace cien años, como si no hubiera historia, ignorante y absolutamente ajeno a nociones tales como Tradición, Trascendencia. El vivir de hoy es tan transitorio y ordinario que nada provocaría más asombro a las gentes de este mundo que un auténtico sentido de la verdad religiosa y un original fundamento de las cosas.
Cuando los romanos, religiosos como eran, se toparon por primera vez con el cristianismo, vieron en él cualquier cosa, menos una religión. Esto es algo decisivo. Los romanos fueron los creadores de la “religión”, y, por lo tanto, quienes mejor preparados estaban en el mundo respecto de cuestiones religiosas. La idea de que hubo otras religiones en el mundo es falsa y sólo responde a la confusión que ha introducido en este orden de cosas el cristianismo. Sólo a alguien formado irreflexivamente en la mentalidad cristiana podría ocurrírsele hablar de religiosidad maya, china, egipcia, griega, judía, mesopotámica, por nombrar solo a algunas. Esto es una forma impropia de hablar, pues no se ajusta, en rigor, a los hechos. Sólo hubo una religión en el mundo antiguo, la religión romana. Y quizá, por analogía lógica, podría justificarse hablar de religión en otros casos, fuera del romano, como, por ejemplo, en el caso de los pueblos germanos. Pero no se puede aplicar a destajo el calificativo de religión a cualquier complejo de creencias y formas rituales (toda vez que la religión, en su sentido original y legítimo, no tiene nada que ver con creencias y sólo subsidiaria y secundariamente tiene alguna relación con las formas rituales). La verdadera religión es la Religio Romana. Ella presta e impone por derecho propio su modelo a las otras. Ese derecho propio le viene de la palabra. La palabra Religio es una palabra romana, latina. Ello define todo un campo significacional únicamente accesible a quienes han formado su inteligencia y espíritu en la lengua latina; y acaso concebible siquiera o intuida en alguna de sus formas externas, para quienes han adoptado la lengua latina como su segunda lengua.
Esto último me trae a la memoria una anécdota; una de esas que se contaban, en mis años de universidad, al modo de leyendas urbanos, mitos construidos en torno a grandes filósofos que se transmitían de profesores a estudiantes, y de estudiantes a otros estudiantes sin la voluntad de certificar mucho la fuente, de cerciorarse en algo sobre la legitimidad de la información. Recuerdo en mis primeros años de universidad se discutía mucho en torno a un pequeño libro polémico que versaba sobre la relación entre Martin Heidegger y el Nazismo. El autor era un académico chileno de la universidad libre de Berlín, el Señor Víctor Farías. En esos días recuerdo que alguien hizo circular una curiosísima anécdota sobre la relación que hubo entre Farías y Heidegger en los años que el primero habría sido alumno del segundo. La anécdota versa más o menos así: siendo Farías alumno de Heidegger se dirigió un día a él con el borrador de una traducción al castellano de Ser y Tiempo que estaba preparando. Heidegger lo habría entonces mirado inquisitivamente y casi como si le estuviera reprendiendo le habría dicho: “si usted quiere leer a Platón usted aprenda griego; si usted quiere leer a Heidegger usted aprenda alemán”. Verdad o no, ficción o realidad, lo cierto es que la “supuesta” respuesta de Heidegger ante el “supuesto” requerimiento de Farías, hace mucho sentido y es concomitante con lo que se conoce de la filosofía de Heidegger. Uno podría parafrasear esto y decir: “si uno quiere comprender lo que es Religio uno aprende latín”. Y es que las lenguas definen mucho más que meros campos comunicacionales. La lengua es expresión del espíritu de un pueblo y en cuanto tal determina y estructura el campo significacional (la Weltanschauung) de la gente que la habla. Es, junto a la sangre y a la tierra, un tercer y determinante elemento a través del cual podemos reconocer a un pueblo. Las categorías de una lengua dotan de un determinado sentido al pueblo que la habla; de tal modo que no da lo mismo hablar una lengua que hablar otra. La palabra Religio es una palabra latina, surgida en el dominio de la romanidad; hace sentido únicamente a la gente que la habla y sólo por aproximación a la gente que aprende esa lengua en una segunda instancia. El sentido verdadero de la palabra le es vedado a quien ignora la lengua de la que proviene esta palabra. La palabra “religio” define al romano como la palabra “filosofía” define al griego. Los alemanes tienen una palabra que sólo ellos entienden: “Geist”. Nosotros traducimos esa palabra por “espíritu”. Pero de “Geist” a “espíritu” hay, en verdad, un abismo semántico inmenso. Si uno piensa que traduciendo “Geist” por “espíritu”, en todos los casos, ha logrado en algo agenciarse parte de lo que se quiso realmente decir en alemán, tiene que ser en verdad alguien muy iluso. Pues la lengua está en el centro de la cosmovisión de un pueblo: vemos el mundo según la lengua que hablamos, ella estructura y dota de sentido nuestro horizonte de comprensión.
Cuando los romanos, que habían inventado la Religión, se toparon por primera vez con los cristianos, no vieron en ellos nada que semejase en algo a la religión. Los romanos, entonces, sabían mejor que nadie lo que era una religión, y jamás se les pasó por la cabeza inscribir en el registro de lo religioso a los cristianos. Cuando tuvieron por primera vez noticias de esta secta marginal hablaron inmediatamente –y casi de un modo intuitivo, pero apegados también a la tradición- de superstitio. En efecto, los primeros romanos que tuvieron conocimiento del cristianismo le calificaron como una superstitio, esto es, como una superstición, no como una religión. Y así fue por casi doscientos años. Hasta que Tertuliano, filósofo cristiano, en plena época de la decadencia de Roma, y en forma totalmente arbitraria, decidió usar para el fenómeno del cristianismo el apelativo de Religión. Pero eso no cambia en nada los hechos originales. Cuando los romanos se toparon por primera vez con los cristianos no reconocieron en ellos una Religio, sino una superstitio. Y ello, pese a toda la desnaturalización que se ha hecho del término “religión”, no deja de ser, aún hoy, una profunda y auténtica verdad. El cristianismo no es una religión, el cristianismo es una superstitio. Y no es una religión porque los dos aspectos fundamentales de toda religión posible están ausentes en el cristianismo: la sangre y el suelo. Para los romanos de los primeros siglos, por ejemplo, la idea de una religión universal habría sido inconcebible: una verdadera contradicción en los términos. Además una religión centrada en un conjunto de dogmas y creencias no habría estado muy ajena a la ridícula idea de una competencia deportiva centrada en composiciones literarias o ecuaciones algebraicas.
La palabra latina Religio, de la que deriva nuestra voz castellana Religión, en su significación lata y originaria, tiene muy poco que ver, o casi nada, con las ideas que nosotros asociamos hoy al término. Para ello, baste con estos dos ejemplos que pueden muy bien ilustrar este asunto. El primero está referido a la significación de la palabra Religio en el ámbito de la romanidad, esto es, a su étymos. El segundo, a la impresión que sobre el cristianismo tuvieron los primeros romanos que conocieron de este movimiento. Vayamos, pues, al primero de estos ejemplos.
a. Significación de la palabra Religio: Existen, al respecto, tres opiniones diversas sobre el étymos de la palabra Religio: la que une la voz Religio con el étymos religere, la que lo vincula con el étymos relegere; y la que lo asocia, finalmente, con el étymos religare. De estas tres, sólo las dos primeras nos merecen confianza y legitimidad, por estar asociadas al ámbito propiamente tal de la romanidad; la tercera, en cambio, nos merece muchas dudas, pues no sólo es tardía en el tiempo, sino que, además, parece ser una invención que se inicia con el cristianismo y que busca justificar la expresión Religio en la serie de ideas que se asociarán posteriormente a esta palabra. Ya hablaremos de esto al final de esta reflexión. Religere y relegere son, a nuestro entender, los étymos legítimos de la palabra Religio. Ya explicaremos, también, cómo creemos que pueda ser posible que una palabra tenga dos étymos distintos en su significación original. Religere significa propiamente tal escrúpulo. Hace referencia, por tanto, a una disposición interior “y no a una propiedad objetiva de ciertas cosas o un conjunto de creencia y prácticas” “En la época clásica –dice Maurice Sachot- la religio Romana designa ante todo una actitud, hecha de escrupuloso respeto hacia lo instituido… Por ello se convierte en lo que fortalece a las instituciones y garantiza su duración, por medio de ese vínculo, por ese apego del ciudadano a respetar las instituciones de la ciudad” Esta cuestión nos pone sobre la pista de algo que hasta ahora se ignora casi en su totalidad –salvo, por cierto, entre círculos de historiadores, filósofos o especialistas-: el vínculo entre la Religio y las instituciones de la ciudad, o aquello que propiamente tal hace de un romano, en el mundo antiguo, ser romano. La Religio, en su acepción etimológica, hace referencia a la idea de escrúpulo. Pero no de cualquier escrúpulo, sino, ante todo, del que cabe tener frente a lo que ha sido instituido en la ciudad, y, por tanto, engloba un sagrado respeto general hacia la urbe y todo lo que ella representa. Esta idea de Religio denota ya un carácter marcadamente local, no universal. Ello fue lo que llevó a Cicerón, el célebre filósofo romano, a decir sva cviqve civitati religio (cada ciudad tiene su propia religión). Tenemos así los tres aspectos esenciales que supone el concepto original de religio: el escrúpulo (en el sentido de recogerse, de guardarse, de retenerse ante algo que se considera sagrado), la ciudad, la urbe, Roma (como el objeto hacia el que se dirige el escrúpulo de lo religioso y transforma toda forma de religio romana en una actividad social dirigida hacia los asuntos públicos –los res-publicas-, legales y de Estado); y el carácter local o nacional que distingue a cada pueblo según su propia religio, esto es, según la propia relación de escrúpulo (de respeto, de amor, de cuidado) que prevalezca entre el individuo y las instituciones (tradiciones, cultos y costumbres) de su país. De estos tres sentidos originales de la palabra Religio el primero viene atestiguado, como ya lo hemos visto, por el étymos Religere; el segundo y el tercero se fundamentan en el étymos Relegere. Este segundo étymos de la palabra Religio nos es, todavía, más legitimo, toda vez que la palabra relegere es la que propiamente tal da lugar a la formación del sustantivo Religio –la voz latina Religere forma el sustantivo Relictio y la expresión Religare (famosa únicamente a causa del cristianismo) forma el sustantivo Religatio (que se aparta ostensiblemente de las dos primeras)-. Pues bien, la palabra latina relegere es un derivado del verbo legere, lego, que significa, entre otras cosas, leer, pero principalmente, su significación es la de recoger, reunir, recolectar. ¿Recolectar, recoger qué? Recoger espigas, uvas, frutos del campo y de las cosechas. He aquí que la expresión lego, en su sentido original, hacía referencia a una actividad del campo propiamente tal, a un “hacer” ligado a la tierra. En su sentido más primitivo, Religio deriva de lego, relego, relegere. Esta es la etimología que propone, al menos, Cicerón. Pero en Cicerón relegere significa también tratar un asunto con diligencia, con escrúpulo. De ahí que el sentido de lo escrupuloso quede también integrado en este étymos del relegere. Pero en su acepción más fuerte relegere está vinculado a los otros dos sentidos originales de la palabra Religio: el que dice relación con las instituciones de la ciudad y el que se vincula al carácter local de esas instituciones. Las instituciones de la ciudad no son otra cosa que todo aquello que se ha instituido a lo largo del tiempo; por lo que, cuando hablamos de esas instituciones estamos haciendo referencia a aquello que ha permanecido, que ha logrado cristalizar en costumbres y tradiciones; y que, por lo mismo, también, constituyen hoy el fundamento de lo que son nuestras leyes, nuestra cultura, nuestro patrimonio patrio. Las instituciones de la ciudad, tratándose de Roma, son sus costumbres, sus tradiciones, su derecho romano, sus dioses, su Re-pública. Ese es el sentido fuerte de la expresión Religio Romana; y es ese sentido el que nos viene dado por el propio testimonio de un filósofo romano, Marco Tulio Cicerón. La idea de que la palabra Religión deriva de la palabra Religare –cuyo sustantivo legítimo forma la palabra Religatio y no Religio- se la debemos a un filósofo cristiano del siglo IV (o sea, por lo menos, 350 años después de Cicerón y en una época en la que ya, prácticamente, Roma no existe) de nombre Lactancio. Esta etimología fue muy probablemente propuesta con el ánimo de justificar algo, que en tiempos de Cicerón, habría parecido un notable contrasentido: esto es, el hecho tan común en nuestros días de concebir al cristianismo como una religión. Por esa razón nos parece de poco valor revisar una etimología tan evidentemente arbitraria, que fuerza el sentido original de un término para hacerlo coincidir con un conjunto de creencias y prácticas originadas en otros suelos lingüísticos, en otras concepciones del mundo y de la vida.
La religio romana hace referencia, en su sentido más primitivo, a una actividad que se realiza, propiamente tal, en el campo. Religio es relegere, palabra latina que deriva de legere, de lego. Lego es recolectar, recoger las espigas, los frutos del campo, de la tierra. El campo romano es el fundamento de lo que después será la ciudad de Roma. Es en el campo donde los romanos forman su carácter, sus costumbres, sus tradiciones, y las instituciones que algún día harán grande a la urbe de Roma, a la ciudad. Es en relación con esa tierra que cultivan en los campos de Roma, que se irá forjando el sentido de la Religio Romana, las instituciones a las que posteriormente el romano deberá sagrado y escrupuloso respeto. Pero este escrúpulo, este respeto por lo que son las tradiciones y las costumbres de Roma que brotan de su tierra se completa, únicamente, en el vínculo que une todo esto a la sangre romana, a la sangre de los padres fundadores de Roma, a aquellos que fundamentarán el posterior patriciado. La Religio surge cuando hay un vínculo entre la sangre y la tierra, entre la sangre y el suelo: pues el suelo patrio es el fundamento último que vuelve posible la existencia de un pueblo unido por la sangre. No hay pueblo, no hay comunidad de sangre, sin tierra, sin un suelo que habitar y la religio es el vínculo que hace patente ese matrimonio entre la sangre y el suelo.
Cuando Cicerón definía la Religio como el sagrado respeto a lo que son las tradiciones y las costumbres de Roma, la escrupulosa diligencia a conservar las instituciones y la estructura del Estado, etc., lo que estaba en juego allí era la conservación de Roma, de su sangre y de su suelo. Esto merece más de una explicación. Sabido es que en la antigua Roma existían dos clases sociales muy bien diferenciadas: los patricios y los plebeyos. Y digo “sabido es” como de un modo de expresarse, simplemente, porque si se cree que se trataba de dos clases sociales (idea inculcada por el marxismo y enseñada hasta el presente como si se tratara de la verdad) se comete un error de apreciación grave y una falta de rigurosidad significativa. Clases sociales, propiamente tal, es lo que se verá aparecer en el mundo moderno con el advenimiento del capitalismo y las formas modernas de producción económica. Entre Patricios y Plebeyos las diferencias no son de carácter social (de hecho, sorprendería saber de la cantidad de plebeyos que en la Roma antigua poseían mayores riquezas que los mismos Patricios). Lo que diferencia a los Patricios de los Plebeyos viene determinado por la sangre (razón por la que incluso hasta poco después de la redacción de las doce Tablas todavía seguía prohibiéndose el establecimiento de matrimonios cruzados entre Patricios y Plebeyos). Los Patricios eran quienes portaban la sangre de los Padres fundadores de Roma, sus descendientes legítimos. Es en ese vínculo natural (no artificial) que basaban su pertenencia a un grupo humano y sus derechos sobre esa tierra que era Roma. Los Plebeyos, en cambio, eran los extranjeros. La lucha, por tanto, entre Patricios y Plebeyos, no es una lucha social entre quienes tienen privilegios económicos y quienes no (como intentó hacérnoslo creer Marx); sino, más bien, una lucha entre quienes son muy consciente de la sangre que portan (los Patricios) -y su legítimo derecho a querer conservarla- y quienes no poseen la calidad de ciudadanos precisamente porque no portan esa sangre y no son descendientes de los padres fundadores de la ciudad. La Religio romana data de esta época de los orígenes de Roma, en los que la sangre y el suelo fundamentan el ser romano, más allá de cualquier considerando artificial. Las mores romanas, las costumbres y las tradiciones de la ciudad que luego invocará Cicerón, al hablar de Religio, no son otras que las que cristalizaron en este época de los comienzos de Roma, época en la que se fundamenta su grandeza y que comenzará a debilitarse y desvirtuarse desde los tiempos de la igualdad de los derechos civiles entre Patricios y Plebeyos (siglo IV a.E.C.).
Sangre y suelo fundamentan toda forma de religión no sólo en el sentido de una cosmovisión, sino, esencialmente, en la impronta de un ser-en-el-mundo. La Religio es únicamente posible en la medida en que tiene como presupuesto la sangre y el suelo. Fuera de esta relación, fuera de este vínculo, no tiene sentido alguno hablar de religión.
b. La impresión que se llevaron los romanos de los primeros cristianos: “Religión” y “cristianismo” son dos conceptos tan estrechamente ligados en el mundo moderno, vinculados de un modo tan intransigente que a nadie medianamente sensato podría ocurrírsele disociarlos, en algún modo u otro, o plantear alguna duda respecto de su legítima relación. Y sin embargo, en los hechos y en la lógica –y por lo tanto, en el sentido común, en la cordura y en la sensatez- nada más antitético y contradictorio –incluso, nada más imposible- que vincular “cristianismo” con “Religión”. La expresión “religión cristiana” es, en los hechos, una contradictio in terminis (contradicción en los términos).
Para nosotros, hombres occidentales modernos, nacidos tras dos milenios de bastardización de occidente, asociar estas dos palabras nos resulta algo tan normal, tan obvio, tan elocuente y necesario, que la sola duda respecto de su logicidad y derecho nos hace fruncir el ceño y plantearnos más de una interrogante. Vivimos bajo la ciega convicción de que “cristianismo” y “religión” son lo mismo; y esta idea amparada en el yugo del más irreflexivo dictamen se perpetua únicamente porque entre los hombres nada hay mejor repartido que la pereza mental y la ignorancia sobre el fundamento de las cosas. La mayoría de la gente de hoy vive como si el mundo se hubiese creado hace cien años, como si no hubiera historia, ignorante y absolutamente ajeno a nociones tales como Tradición, Trascendencia. El vivir de hoy es tan transitorio y ordinario que nada provocaría más asombro a las gentes de este mundo que un auténtico sentido de la verdad religiosa y un original fundamento de las cosas.
Cuando los romanos, religiosos como eran, se toparon por primera vez con el cristianismo, vieron en él cualquier cosa, menos una religión. Esto es algo decisivo. Los romanos fueron los creadores de la “religión”, y, por lo tanto, quienes mejor preparados estaban en el mundo respecto de cuestiones religiosas. La idea de que hubo otras religiones en el mundo es falsa y sólo responde a la confusión que ha introducido en este orden de cosas el cristianismo. Sólo a alguien formado irreflexivamente en la mentalidad cristiana podría ocurrírsele hablar de religiosidad maya, china, egipcia, griega, judía, mesopotámica, por nombrar solo a algunas. Esto es una forma impropia de hablar, pues no se ajusta, en rigor, a los hechos. Sólo hubo una religión en el mundo antiguo, la religión romana. Y quizá, por analogía lógica, podría justificarse hablar de religión en otros casos, fuera del romano, como, por ejemplo, en el caso de los pueblos germanos. Pero no se puede aplicar a destajo el calificativo de religión a cualquier complejo de creencias y formas rituales (toda vez que la religión, en su sentido original y legítimo, no tiene nada que ver con creencias y sólo subsidiaria y secundariamente tiene alguna relación con las formas rituales). La verdadera religión es la Religio Romana. Ella presta e impone por derecho propio su modelo a las otras. Ese derecho propio le viene de la palabra. La palabra Religio es una palabra romana, latina. Ello define todo un campo significacional únicamente accesible a quienes han formado su inteligencia y espíritu en la lengua latina; y acaso concebible siquiera o intuida en alguna de sus formas externas, para quienes han adoptado la lengua latina como su segunda lengua.
Esto último me trae a la memoria una anécdota; una de esas que se contaban, en mis años de universidad, al modo de leyendas urbanos, mitos construidos en torno a grandes filósofos que se transmitían de profesores a estudiantes, y de estudiantes a otros estudiantes sin la voluntad de certificar mucho la fuente, de cerciorarse en algo sobre la legitimidad de la información. Recuerdo en mis primeros años de universidad se discutía mucho en torno a un pequeño libro polémico que versaba sobre la relación entre Martin Heidegger y el Nazismo. El autor era un académico chileno de la universidad libre de Berlín, el Señor Víctor Farías. En esos días recuerdo que alguien hizo circular una curiosísima anécdota sobre la relación que hubo entre Farías y Heidegger en los años que el primero habría sido alumno del segundo. La anécdota versa más o menos así: siendo Farías alumno de Heidegger se dirigió un día a él con el borrador de una traducción al castellano de Ser y Tiempo que estaba preparando. Heidegger lo habría entonces mirado inquisitivamente y casi como si le estuviera reprendiendo le habría dicho: “si usted quiere leer a Platón usted aprenda griego; si usted quiere leer a Heidegger usted aprenda alemán”. Verdad o no, ficción o realidad, lo cierto es que la “supuesta” respuesta de Heidegger ante el “supuesto” requerimiento de Farías, hace mucho sentido y es concomitante con lo que se conoce de la filosofía de Heidegger. Uno podría parafrasear esto y decir: “si uno quiere comprender lo que es Religio uno aprende latín”. Y es que las lenguas definen mucho más que meros campos comunicacionales. La lengua es expresión del espíritu de un pueblo y en cuanto tal determina y estructura el campo significacional (la Weltanschauung) de la gente que la habla. Es, junto a la sangre y a la tierra, un tercer y determinante elemento a través del cual podemos reconocer a un pueblo. Las categorías de una lengua dotan de un determinado sentido al pueblo que la habla; de tal modo que no da lo mismo hablar una lengua que hablar otra. La palabra Religio es una palabra latina, surgida en el dominio de la romanidad; hace sentido únicamente a la gente que la habla y sólo por aproximación a la gente que aprende esa lengua en una segunda instancia. El sentido verdadero de la palabra le es vedado a quien ignora la lengua de la que proviene esta palabra. La palabra “religio” define al romano como la palabra “filosofía” define al griego. Los alemanes tienen una palabra que sólo ellos entienden: “Geist”. Nosotros traducimos esa palabra por “espíritu”. Pero de “Geist” a “espíritu” hay, en verdad, un abismo semántico inmenso. Si uno piensa que traduciendo “Geist” por “espíritu”, en todos los casos, ha logrado en algo agenciarse parte de lo que se quiso realmente decir en alemán, tiene que ser en verdad alguien muy iluso. Pues la lengua está en el centro de la cosmovisión de un pueblo: vemos el mundo según la lengua que hablamos, ella estructura y dota de sentido nuestro horizonte de comprensión.
Cuando los romanos, que habían inventado la Religión, se toparon por primera vez con los cristianos, no vieron en ellos nada que semejase en algo a la religión. Los romanos, entonces, sabían mejor que nadie lo que era una religión, y jamás se les pasó por la cabeza inscribir en el registro de lo religioso a los cristianos. Cuando tuvieron por primera vez noticias de esta secta marginal hablaron inmediatamente –y casi de un modo intuitivo, pero apegados también a la tradición- de superstitio. En efecto, los primeros romanos que tuvieron conocimiento del cristianismo le calificaron como una superstitio, esto es, como una superstición, no como una religión. Y así fue por casi doscientos años. Hasta que Tertuliano, filósofo cristiano, en plena época de la decadencia de Roma, y en forma totalmente arbitraria, decidió usar para el fenómeno del cristianismo el apelativo de Religión. Pero eso no cambia en nada los hechos originales. Cuando los romanos se toparon por primera vez con los cristianos no reconocieron en ellos una Religio, sino una superstitio. Y ello, pese a toda la desnaturalización que se ha hecho del término “religión”, no deja de ser, aún hoy, una profunda y auténtica verdad. El cristianismo no es una religión, el cristianismo es una superstitio. Y no es una religión porque los dos aspectos fundamentales de toda religión posible están ausentes en el cristianismo: la sangre y el suelo. Para los romanos de los primeros siglos, por ejemplo, la idea de una religión universal habría sido inconcebible: una verdadera contradicción en los términos. Además una religión centrada en un conjunto de dogmas y creencias no habría estado muy ajena a la ridícula idea de una competencia deportiva centrada en composiciones literarias o ecuaciones algebraicas.
jueves, 17 de junio de 2010
La Conspiración de Santiago
Por Hyranio Garbho
En Santiago de Chile se halló una vez, hace mucho, Élelin, la mágica ciudad que aparece y desaparece, residencia del dios blanco (o héroe blanco) Lin–Lin. Este enclave misterioso se halla en el vértice izquierdo de la pirámide que informa los sitios donde se halló el Uril. Por eso, de antaño, se supo que se trataba de un lugar sagrado. En los tiempos modernos la ciudad fue bautizada como Santiago por don Pedro de Valdivia, en honor y homenaje a Santiago el apóstol, el patrono de España. Este dato, aparentemente menor, es de una importancia gravosa para el devenir de lo que estamos escribiendo. ¿Por qué Valdivia eligió el nombre del apóstol Santiago para nombrar la ciudad situada precisamente en los valles donde antaño se hallara Élelin? La respuesta ciertamente es un misterio. La opinión obvia y material es que tuvo a la vista la ocasión de homenajear con ello al santo patrono de su amada patria, España. Y es probable que haya sido efectivamente así. No lo sé. Lo que sigue es especulación pura. Especulación a la que he llegado basado en la lectura del escritor español Carlos Sánchez–Montaña, quien en 2011 publicó una serie de artículos sobre el significado esotérico del Camino de Santiago.
La tesis de Sánchez–Montaña, explicada de un modo muy resumido, es que las figuras evangélicas de Pedro, Juan y Santiago corresponden más bien a un arquetipo simbólico que a personalidades históricas. La clave para entender esto supone volver la mirada hacia los lugares santos donde se les estima enterrados. La tumba de Santiago apóstol hallaríase en Santiago de Compostela, la de Juan en Éfeso y la de Pedro en Roma. Si se traza una línea recta (en rigor oblicua, recta, pero inclinada) en un mapa plano desde Éfeso hasta Santiago de Compostela, resulta que esta pasa justo por donde se encuentra Roma.
Esotéricamente hablando una línea inclinada, aunque recta o derecha, es sinónimo de un vacío, una nada. Líneas de este tipo se usan de común en conjuros más o menos oscuros. Ejemplo de ello es la cruz cristiana, tergiversación de la cruz aria, cuyos cuatro brazos proporcionales y equidistantes, de armónica medida, son alterados extendiendo hacia abajo la línea vertical, en una proporción derechamente inarmónica. Si el relato de Sánchez–Montaña tiene asidero trataríase entonces de la actualización de un conjuro, de un ritual de magia negra cuyos fines sólo pueden dar lugar a cuestiones espurias. ¿Será éste el origen del judeo–cristianismo? Santiago, Juan y Pedro son los apóstoles más emblemáticos de la religión judeo–cristiana. Si sus tumbas se hallan equidistantes todas ellas de Roma (de tal modo que la misma distancia que separa a Santiago de Compostela de Roma, separa a Roma de Éfeso), y además describiendo una línea inclinada perfecta que pasa rectamente por las tres locaciones, no es descabellado pensar que esto suceda así no por razones aleatorias. Los puntos y las líneas parecen indicar el eje en torno del cual, a partir de entonces, se desplegará un poder que regirá los destinos del mundo. Ese poder fue objetivo. Se llamó Iglesia Católica. Tras el cual, en opinión de muchos (Nietzsche entre ellos) se hallaba algo todavía peor que la Iglesia misma: esto era la doctrina que ella divulgaba, el judeo–cristianismo.
Estas ideas me llevaron a elucubrar una serie de hipótesis y conjeturas sobre las razones secretas que motivaron en Valdivia llamar a estos valles con el nombre del apóstol Santiago. Soy plenamente consciente de lo improbable que resulta toda la especulación que voy a plantear. Pero lo hago lúdicamente y con toda la libertad del mundo que puede atribuirse alguien que especula y tantea sobre asuntos que sabe, no están, resueltos lo suficientemente. Mi especulación es que el nombre de Santiago se debe a la intención deliberada de instalar aquí, donde antaño se halló el mágico enclave de Élelin, su contrapartida iniciática, su clave de anulación esotérica. Se trataría de una contra–iniciación, de un conjuro mágico para anular, en estos valles, las claves sagradas emanadas de la tierra y la geografía (geometría) del lugar, donde venideramente, si damos crédito a Grenze, debieran surgir y retornar Las Glorias de La Noche.
Me cuesta creer que Valdivia haya podido ser depositario de estos secretos. Prefiero pensar que si actuó así lo hizo movido por los clásicos hilos ocultos que mueven secretamente también todo y manipulan voluntades. De manera inconsciente, automática, muchos son los dirigidos desde un otro lado, un otro centro, hacia maquinaciones contra–iniciáticas; lo mismo que lo somos nosotros hacia objetivos iniciáticos. Mi hipótesis es que Valdivia, desprovisto como estaba (aparentemente) de las claves de esta iniciación –pues fundaba ciudades en nombre de un rey que servía a Roma– actuó movido por las fuerzas de la contra–iniciación, sin ser, por cierto, plenamente consciente de ello. Queda reservado a mis lectores establecer si estos hechos tienen algún asidero o si son simplemente fruto de una especulación altamente informada por claves del esoterismo y la filosofía hermética. Mi posición es que, en cualquiera de los dos casos, no hay elementos suficientes para llegar a una verdad taxativa. Pues esta siempre parecer ser fruto de una construcción, como dirían los deconstruccionistas. Así, la verdad de los otros, sobre estos asuntos, no es más que un constructo surgido desde su exotérica especulación; la nuestra, en cambio, nos viene impuesta por nuestra especulación esotérica. ¿Cuál tiene mayor valor? Ninguna y ambas. Todo dependerá siempre del vitral desde el que se las mire.
domingo, 30 de mayo de 2010
FASES DEL PROCESO ALQUIMICO
El sulfuro de mercurio es el cinabrio y el sulfuro de plomo es la galena y el sulfuro de bismuto es la bismutina. Uno de los métodos más usados toma la galena como elemento doble, pero, tal vez, el uso del cinabrio resulte más fácil al principio. En cuanto a la bismutina, hace falta una pureza bastante elevada, pero puede resultar interesante por su fácil disolución en ácido nítrico y sulfúrico en caliente.
En cuanto a la denominación de la segunda fase como “bismuto”, se debe al hecho de que el elemento ( de apariencia blanquecina ) tiene unas impresionantes propiedades diamagnéticas ( a esto me referiré más abajo, cuando hablo de la fase Albedo ) y además puede presentarse como subproducto de la obtención de plomo, cobre, estaño, plata y oro...
Una vez que el alquimista se encuentra frente a su athanor ( Thanos, Thanatos= muerte, Athanor, A- Thanos =Inmortal ) en posesión de la Prima Materia comienza a trabajar en lo que la filosofía Hermética ha dado en llamar "el Opus Mágnum" la gran obra, la cual se compone de tres etapas diferenciadas simbolizadas en la alquimia medieval por un dragón de tres cabezas, la primera negra, la segunda blanca y la tercera roja. Estas etapas corresponden a la Nigredo o etapa de Saturno, también simbolizada por un cuervo negro; la Albedo etapa de la Luna y simbolizada por una paloma blanca y la Rubedo correspondiente al Sol y que tenía por símbolo al León rojo.
NIGREDO: putrefactio, corresponde al color negro dentro de la labor alquímica, al planeta Saturno, a la muerte de Osiris, a los Arcanos XIII y XVIII. En el estudiante se despierta lo que se llama el Prerecuerdo del Oro Anterior: el último vestigio del poder celeste en toda materia que comienza a insinuarse. Y esta luminosa vaguedad hace que el estudiante advierta de forma vívida el triste estado en el que se encuentra el homo sapiens; una criatura de origen celeste reducida a poco más que un autómata sonámbulo, una especie de marioneta insectívora. Siente que ya no hay nada de los mundos inferiores (donde habitamos) que le atraiga, que le haga palpitar…No se siente de este mundo y ya no se alimenta de él. Esta fase se caracteriza por una reacción de rechazo, análisis, desilusión...
ALBEDO: también llamada la fase Lunar de Isis. Su color, el blanco, es producto de la purificación de la prima materia a través de la NIGREDO. La razón de este mecanismo es la de despertar la radiación consciente de la materia prima. Este sendero incluye la fusión del rey y la reina, el Sol y la Luna, el Azufre como elemento activo y el Mercurio acuático como elemento pasivo. Es la llamada CONIUNCTIO, por la cual se logra la unión de los opuestos, y se equilibran las fuerzas de atracción y repulsión. Es la Sal como elemento químico que permite fusionar las polaridades, gracias a su cualidad neutral. En esta fase se serena el “cielo” del athanor de las nubes psíquicas. Aquí observamos un proceso contrario al de la electrólisis, se trata de la ELECTROSÍNTESIS.
Y aquí comienza a tener un papel muy preponderante la luz solar. Una pista de este papel está en la función de las moléculas de ATP en la fotosíntesis.
LA RUBEDO: la tercera etapa, es la RUBEDO. Corresponde al Sol, al color Rojo y a Horus. Una vez que se ha logrado la purificación y la electrosíntesis, en la RUBEDO se procesa la cristalización del Yo Solar.
En la RUBEDO, la prima materia se ha transfigurado en el Lapis Philosoforum o Piedra Filosofal que otorgaba al alquimista la capacidad de tejer los niveles exteriores de la realidad y la entrada a los misterios superiores…
Si utilizamos las imágenes de los Arcanos Mayores del Tarot, podemos comprender por qué el arcano 0 –la no existencia- ejemplifica al LOCO, que dentro de la filosofía hermética es alguien ignorante, no conciente de si mismo e impulsado por instintos animales. Cuando el hombre decide dejar de ser el LOCO pasa por el "portal" hacia el arcano I el MAGO, llamado THOT que era el Dios egipcio equivalente a HERMES, intermediario de otros Dioses pero además el Dios que regía la iniciación y la alquimia. Cuando se toma contacto con el arcano I, el MAGO, representa a el alquimista, el hombre dispuesto a transformarse, cambiar, iniciarse. Luego siguen 20 arcanos más de experiencia pues la senda es larga. El arcano I tiene en su mesa los elementos que corresponde a las 4 vías: CALCINATIO - Varas (vía del fuego), SOLUTIO - Copas (vía del agua), SUBLIMATIO - Espadas (vía del aire) y COAGULATIO Monedas (vía de la tierra), dispuestas sobre su mesa con la espada que además es el símbolo para los iniciados equivalente a la varita mágica, que se entrega al hombre como símbolo del poder iniciatico adquirido. No se puede dar poder con la espada a un ignorante. La espada o varita intenta conectar al MAGO con el cielo, su Ego con el Si mismo o Ser Superior.
En cuanto a la denominación de la segunda fase como “bismuto”, se debe al hecho de que el elemento ( de apariencia blanquecina ) tiene unas impresionantes propiedades diamagnéticas ( a esto me referiré más abajo, cuando hablo de la fase Albedo ) y además puede presentarse como subproducto de la obtención de plomo, cobre, estaño, plata y oro...
Una vez que el alquimista se encuentra frente a su athanor ( Thanos, Thanatos= muerte, Athanor, A- Thanos =Inmortal ) en posesión de la Prima Materia comienza a trabajar en lo que la filosofía Hermética ha dado en llamar "el Opus Mágnum" la gran obra, la cual se compone de tres etapas diferenciadas simbolizadas en la alquimia medieval por un dragón de tres cabezas, la primera negra, la segunda blanca y la tercera roja. Estas etapas corresponden a la Nigredo o etapa de Saturno, también simbolizada por un cuervo negro; la Albedo etapa de la Luna y simbolizada por una paloma blanca y la Rubedo correspondiente al Sol y que tenía por símbolo al León rojo.
NIGREDO: putrefactio, corresponde al color negro dentro de la labor alquímica, al planeta Saturno, a la muerte de Osiris, a los Arcanos XIII y XVIII. En el estudiante se despierta lo que se llama el Prerecuerdo del Oro Anterior: el último vestigio del poder celeste en toda materia que comienza a insinuarse. Y esta luminosa vaguedad hace que el estudiante advierta de forma vívida el triste estado en el que se encuentra el homo sapiens; una criatura de origen celeste reducida a poco más que un autómata sonámbulo, una especie de marioneta insectívora. Siente que ya no hay nada de los mundos inferiores (donde habitamos) que le atraiga, que le haga palpitar…No se siente de este mundo y ya no se alimenta de él. Esta fase se caracteriza por una reacción de rechazo, análisis, desilusión...
ALBEDO: también llamada la fase Lunar de Isis. Su color, el blanco, es producto de la purificación de la prima materia a través de la NIGREDO. La razón de este mecanismo es la de despertar la radiación consciente de la materia prima. Este sendero incluye la fusión del rey y la reina, el Sol y la Luna, el Azufre como elemento activo y el Mercurio acuático como elemento pasivo. Es la llamada CONIUNCTIO, por la cual se logra la unión de los opuestos, y se equilibran las fuerzas de atracción y repulsión. Es la Sal como elemento químico que permite fusionar las polaridades, gracias a su cualidad neutral. En esta fase se serena el “cielo” del athanor de las nubes psíquicas. Aquí observamos un proceso contrario al de la electrólisis, se trata de la ELECTROSÍNTESIS.
Y aquí comienza a tener un papel muy preponderante la luz solar. Una pista de este papel está en la función de las moléculas de ATP en la fotosíntesis.
LA RUBEDO: la tercera etapa, es la RUBEDO. Corresponde al Sol, al color Rojo y a Horus. Una vez que se ha logrado la purificación y la electrosíntesis, en la RUBEDO se procesa la cristalización del Yo Solar.
En la RUBEDO, la prima materia se ha transfigurado en el Lapis Philosoforum o Piedra Filosofal que otorgaba al alquimista la capacidad de tejer los niveles exteriores de la realidad y la entrada a los misterios superiores…
Si utilizamos las imágenes de los Arcanos Mayores del Tarot, podemos comprender por qué el arcano 0 –la no existencia- ejemplifica al LOCO, que dentro de la filosofía hermética es alguien ignorante, no conciente de si mismo e impulsado por instintos animales. Cuando el hombre decide dejar de ser el LOCO pasa por el "portal" hacia el arcano I el MAGO, llamado THOT que era el Dios egipcio equivalente a HERMES, intermediario de otros Dioses pero además el Dios que regía la iniciación y la alquimia. Cuando se toma contacto con el arcano I, el MAGO, representa a el alquimista, el hombre dispuesto a transformarse, cambiar, iniciarse. Luego siguen 20 arcanos más de experiencia pues la senda es larga. El arcano I tiene en su mesa los elementos que corresponde a las 4 vías: CALCINATIO - Varas (vía del fuego), SOLUTIO - Copas (vía del agua), SUBLIMATIO - Espadas (vía del aire) y COAGULATIO Monedas (vía de la tierra), dispuestas sobre su mesa con la espada que además es el símbolo para los iniciados equivalente a la varita mágica, que se entrega al hombre como símbolo del poder iniciatico adquirido. No se puede dar poder con la espada a un ignorante. La espada o varita intenta conectar al MAGO con el cielo, su Ego con el Si mismo o Ser Superior.
miércoles, 26 de mayo de 2010
El Imam escondido
Extractos de un estudio de Carlos del Tilo sobre el simbolismo de la figura
del Doceavo Imam o el Imam escondido, basado en la obra de Henry Corbin. El
artículo completo puede encontrarse en “El libro de Adán”. Imágenes de la
mezquita donde fue enterrado el imam Alí, en Nayaf, Iraq.
Los musulmanes chiítas, que se extendieron principalmente
por las provincias de Irán, dicen que si bien Mahoma fue el último profeta que
reveló una ley religiosa (sharî’a) –y en esto coinciden con los
musulmanes ortodoxos llamados sunnitas o tradicionales–, tuvo, no obstante,
doce descendientes llamados Imames. Estos Imames son los guías que inician a
sus adeptos y los conducen al sentido escondido (bâtin) de las
revelaciones proféticas (zhâhir). Es el Imam quien enseña el sentido
esotérico de la «letra» coránica, él guía a los fieles hacia el sentido
espiritual, interior de la revelación literal anunciada por el Profeta.
El zhâhir podría compararse a lo que los judíos y
cristianos llaman la «letra», mientras que el bâtin representa el
sentido espiritual o mesiánico. Así pues, si las revelaciones proféticas
contienen algo escondido, alguna cosa que el profeta no tenía la misión de
revelar, y corresponde al Imam enseñar esta gnosis: «Si el Imam mismo no os
ha guiado hacia estas cosas, si no tenéis la aptitud para comprenderlas, todas
las palabras que os dirijan desde el exterior llamarán en vano a vuestro oído».
(1)
El primero de estos Imames fue Alí, «el Emir de los
creyentes», primo del Profeta y esposo de Fátima, su hija; su heredero
espiritual. El segundo y el tercero son hijos de Alí y de Fátima. A partir del
cuarto Imam, la línea prosigue de padre a hijo. Todos murieron en el martirio,
excepto el último, el duodécimo, que desapareció misteriosamente.
La descendencia de estos doce Imames se encuentra
atestiguada por numerosas tradiciones o ahâdîth. (2) Citemos por ejemplo
aquella en que el profeta Mahoma en persona declara: «Los Imames que vendrán
después de mí serán doce». El primero es ‘Alî ibn Abî Tâlib; el duodécimo
es ‘el que resucita’, al-Qâ’im, al-Mahdî, literalmente: ‘el guiado’, [y por eso
es al-Hâdî, ‘el guía’], «por cuya mano Dios hará conquistar los
Orientes y los Occidentes de la Tierra». Otro hadîth dice: «Su
número es el mismo que el de los meses del año; el mismo que el de los
manantiales que hizo manar la vara de Moisés al golpear la roca de Horeb; el
mismo que el de los jefes de Israel» […]
Entre los enviados, o nabî’ mursal, los grandes Profetas son siete;
evidentemente, este número es simbólico como lo es también el número de Imames.
Siete Profetas enviados: Adán, Noé, Abraham, Moisés, David, Jesús y Mahoma, que
corresponden a las siete esferas planetarias tradicionales. Cada uno de los
siete Profetas enviados con un libro es seguido por doce Imames, del mismo modo
que los siete planetas se inscriben en los doce signos del Zodíaco.
La imamología chiíta conoce los nombres de los Imames
correspondientes a cada Profeta. Citemos solamente a los primeros: Set para
Adán; Sem para Noé; Ismael e Isaac para Abraham; para Moisés, Aarón y Josué;
para David y Salomón; para Jesús, Simón Pedro y la cadena llega hasta Bohayrá o
Bohira, el monje cristiano que Mahoma encontró durante un viaje y que lo
confirmó en su vocación profética. Los doce Imames de Cristo, los doce
apóstoles, se presentan aquí sucesiva y no simultáneamente como en el
cristianismo; representan la transmisión del mensaje hasta que se manifiesta
otro Profeta. […]
Como dijimos antes, la función del Imam es transmitir lo
esotérico de la misión del Profeta. El Profeta representa la letra de la
revelación y el Imam representa su espíritu, pero no pueden en modo alguno
estar separados uno del otro. La ley religiosa positiva posee un sentido
secreto, una verdad gnóstica, pero ésta ha de apoyarse en la escritura
profética. No se puede separar el contenido del continente.
Esta afirmación, fundamental en la imamología chiíta,
concuerda perfectamente con lo que los judíos enseñan con respecto al
matrimonio de la tradición escrita y de la tradición oral. La patrística
cristiana también ha insistido en numerosas ocasiones sobre este punto: «El
espíritu no está separado de la letra, está contenido y escondido en ella».
[…] El rechazo de la letra conduce al delirio del sueño místico, pero el rechazo
del espíritu mantiene al creyente en la prisión farisaica de la historia, de
los ritos y de las prescripciones literales. No se pueden mantener separados el
Cielo y la Tierra.
El profeta Mahoma tuvo, pues, por sucesores espirituales a los doce Imames.
Pero, entonces, ¿podría decirse que no ha habido nadie después del duodécimo
para guiar al fiel chiíta y para iniciarle en la gnosis del Corán? Para
responder a esta pregunta, es necesario comprender lo que representa el
duodécimo Imam para la tradición chiíta. No nos es posible explicar aquí la
maravillosa historia de amor y encuentro entre la princesa cristiana Narkés,
hija del emperador de Bizancio y descendiente de Simón Pedro, y el joven Hasan
al-‘Askarî, undécimo Imam; cómo esta unión fue bendecida por el Señor Cristo y
por el profeta Mahoma, y cómo nació de modo totalmente extraordinario el
duodécimo y último Imam: la figura misteriosa, aquél al que llaman ‘el que
resucita’ (Qâim), ‘el guiado’ (Mahdî), ‘el esperado’, ‘la prueba’
o ‘el fiador de Dios’, el maestro invisible de este tiempo, el Imam escondido.
(3)
Después de más de diez siglos, la figura del duodécimo
Imam domina toda la conciencia religiosa chiíta, que vive a la espera del
momento final de resurrección de todas las cosas, el momento de la parusía
(5) del Imam, llamado por esta razón ‘el que resucita’. (6) El mismo Imam
afirmó en su último mensaje antes de la «ocultación mayor»: «Se alzarán
gentes que pretenderán haberme visto materialmente. ¡Cuidado! El que pretenda
haberme visto materialmente antes de estos acontecimientos del final, éste será
un mentiroso y un impostor». (7) […]
En cambio, el Imam nunca ha dejado de manifestarse en privado. «Muchos
hombres –escribe uno de los teólogos–, han visto la belleza perfecta de
ese Elegido, pero sólo lo han reconocido cuando él ya se había marchado».
(8) El Imam escondido también es «el Imam esperado» o «el Imam
de este tiempo»; así pues, está presente en el corazón de sus hijos, que de
esta manera no están sin guía. Él los ve, pero ellos no le ven. El sentido
profundo de la ocultación es que «son los hombres quienes se han velado a sí
mismos el Imam, quienes se han vuelto incapaces o indignos de verlo».
Esperar al Imam significa esperar su parusia. Por esta razón, cuando el
fiel chiíta nombra al Imam escondido, nunca se olvida de añadir: «¡Que Dios
apresure para nosotros la alegría de su venida!».
Éste es el momento para subrayar la diferencia existente
entre el Imam escondido de los chiítas, es decir, el guía personal «invisible
a los sentidos, pero presente en el corazón», y el maestro que asume una
función, por ejemplo, la persona del shayj sufí (9) en su tariqat,
o el gurú en la India. El Imam escondido representa el iniciador. El
sexto Imam afirmaba: «Nosotros los Imames somos los sabios que instruimos;
nuestros chiítas son los iniciados por nosotros; en cuanto al resto, es la
espuma arrastrada por el torrente». (10) Algunos tratados chiítas lo
identifican con Melquisedeq y también con el Paracleto, (11) anunciado en el Evangelio: «Y
yo rezaré al Padre y él os dará otro Intercesor (Parakletos) para que
esté siempre con vosotros, el Espíritu de Verdad, que el mundo no puede
recibir, ya que no lo ve y no lo conoce; pero vosotros lo conocéis porque mora
cerca de vosotros y está en vosotros. Yo no os dejaré huérfanos: volveré a
vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis, ya
que viviré y vosotros viviréis. En ese día, sabréis que estoy en mi Padre, y
vosotros en mí, y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda,
éste es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre y yo lo amaré y
me manifestaré a él [...]. Os he dicho estas cosas mientras permanezco con
vosotros. Pero el Intercesor (Parakletos), el Espíritu Santo que mi
Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo». (Juan XIV,
16-26).
He aquí la manifestación del Imam esperado. Existe
también un versículo del Corán que alude a este misterio: «Jesús,
hijo de Maryam, decía: ¡Oh hijos de Israel! He sido enviado por Dios a
vosotros, confirmando la Torah que está en vuestras manos y anunciando un
Enviado que vendrá después de mí y cuyo nombre será Ahmad [‘el muy loado,
el gloriosísimo’; en griego: periklytos]» (Corán LXI, 6).
La exégesis islámica corriente prefiere leer periklytos
en lugar de parakletos en el texto del Evangelio que acabamos de
citar; periklytos significa: ‘el muy loado, el gloriosísimo’, cuyo
equivalente en árabe es Ahmad o Muhammad, (Mahoma). Así pues, según esta
exégesis, el Paracleto anunciado por Jesús es el profeta Mahoma. Mas, para la
exégesis chiíta, la anunciación del Paracleto designa al Imam de la
resurrección, al Imam escondido, que también se llama Muhammad y procede de la
descendencia del Profeta, quien, por otra parte, habla de él como de otro sí
mismo. (12)
En un hadîth, el Profeta se refiere al primer Imam
designándolo como su hermano y habla del duodécimo como si fuera su hijo. El
interlocutor le pregunta: «¡Oh Enviado de Dios!, ¿quién es tu hijo?». «Es
el Mahdî [‘el guiado’, que guía hacia Dios, uno de los nombres del Imam
escondido], aquél en vistas al cual he sido enviado como anunciador». (13)
En otros ahâdîth el Profeta también declara: «Si no le quedara a este
mundo más que un día de duración, Dios alargaría este día para suscitar en él a
un hombre de mi descendencia cuyo nombre será mi nombre y cuyo apodo será mi
apodo [...]. Combatirá para volver al sentido espiritual, como yo mismo he
combatido por la revelación del sentido literal». (14) Y Henry Corbin
añade: «El Paracleto anunciado no será el que enuncia una nueva ley, sino
aquel que revelará el sentido interior, esotérico, de todas las leyes antiguas.
Ahora bien, el Profeta Mahoma trajo una nueva ley, mientras la misión que
incumbe al duodécimo Imam es la revelación del sentido escondido». (15)
Haydar Âmolî, uno de los grandes maestros chiítas del siglo XIV y discípulo
de Ibn ‘Arabî, comenta el hadîth del Profeta que acabamos de citar,
donde anuncia al Imam de la resurrección: «A esto mismo aludió Jesús cuando
dijo: Os traemos la letra de la revelación. En cuanto a su interpretación
espiritual, el Paracleto os la traerá al final de este tiempo». Ahora bien,
el Paracleto de la terminología cristiana es el Imam esperado (el Mahdî)
de los musulmanes chiítas. Lo más profundo del pensamiento del Profeta
es: «…que el Paracleto anunciado por Jesús no es otro que el duodécimo
Imam, invisible en el presente, anunciado por el profeta Mahoma; corresponde al
Imam-Paracleto, tal como lo han dicho tanto Jesús como Mahoma, al revelar el
sentido escondido de la revelación. [...]. Adosado al Templo santo de la
Ka’ba, el Imam proclama que cualquiera que desee dialogar con él con respecto a
Adán ha de saber que él, el Imam, es de entre todos los humanos el que está más
próximo a Adán. Y repite la misma afirmación acerca de todos los profetas: “Soy
el más próximo a Noé, a Abraham, a Moisés, a Jesús y a Mahoma. Soy el más
próximo al Corán, el más próximo a la tradición del Profeta”. O, todavía con
más fuerza, nombrando sucesivamente a la bi-unidad formada por cada profeta y
su primer Imam, dice: “Que aquel cuya conciencia esté fijada en Adán y Set
[hijo e Imam de Adán], sepa que yo soy Adán y Set”. Y sigue así: “Soy Noé y
Sem; soy Abraham e Ismael; soy Moisés y Josué; soy Jesús y Sham’ûn [Simón]; soy
Mahoma y el Emir de los creyentes [Alí, el primer Imam]; soy Hasan [segundo
Imam] y Husayn [tercer Imam]; soy todos los Imames. Quienquiera que haya leído
los antiguos libros de Dios, los libros de Adán, de Noé y de Abraham, la Torah,
los Salmos y el Evangelio, debe reconocerme, ya que todos estos libros hablan
de mí [...]. Soy aquel que en el Evangelio es llamado Elías”». (16)
También está escrito en el Evangelio: «No os
dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá,
pero vosotros me veréis» (Juan XIV, 18-19). He aquí la parusia
de Cristo, su retorno anunciado, la venida del iniciador, la manifestación del
que resucita; él es quien enseña el verdadero sentido de la Escritura.
Conocer el sentido de la Escritura supone estar iniciado
en una gnosis, en un conocimiento; por ello los Imames han dicho: «Aquel
que nos conoce, conoce a su Señor», haciéndose eco de la sentencia que
dice: «Aquel que se conoce a sí mismo, conoce a su Señor», y también: «Aquel
que muere sin conocer a su Imam, muere de la muerte de los inconscientes». Llega
en secreto al peregrino que camina en la noche de la búsqueda, y entonces se
levanta la aurora. Esta noche santa es llamada «noche del destino», de
la que habla la azara XCVII del Corán: «Son los versículos que fueron
recitados en el momento del nacimiento del Imam de este tiempo [el duodécimo],
precisamente porque él es esta noche». (17) He aquí el texto: «En
el nombre de Dios todo misericordioso, todo compasivo, en verdad, lo hemos
revelado en la noche del destino. / Y ¿qué es lo que te hará saber qué es la
noche del destino? La noche del destino vale más que mil meses. / Los ángeles y
el Espíritu [el ángel Gabriel] descienden del cielo con el permiso de su Señor,
encargados de todo orden. / Es una noche de paz hasta el amanecer».
Cuando el Imam se manifiesta, el libro se abre, entonces
el Corán ya no es «silencioso», sino «parlante». Esto es la parusia del
Imam: devuelve el sentido perdido. Está escrito en los Evangelios: «Entonces
les abrió la inteligencia para comprender las Escrituras» (Lucas XXIV,
45). La parusia del Imam esperado es la Presencia divina; para los
cabalistas judíos es el Mesías que vuelve y enseña cómo se tienen que leer las
santas Escrituras.
¿Cómo no estar sorprendido por la extraordinaria
convergencia que existe entre la parusia del Imam y la de Cristo después
de su resurrección, por ejemplo, en su manifestación a los discípulos de Emaús?
(18) Leemos en el Evangelio: «Mientras iban hablando y
razonando, el mismo Jesús se les acercó y se puso a caminar con ellos; pero sus
ojos no podían reconocerlo [...]. Y él les dijo: “¡Oh, hombres sin inteligencia
y tardos de corazón para creer en todo lo que han dicho los profetas!” [...]. Y
empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que
de Él se refería en todas las Escrituras [...]. Ahora bien, cuando se hubo
sentado con ellos a la mesa, cogió el pan, dijo la bendición, lo partió y se lo
dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron; y desapareció de su
vista». (Lucas XXIV, 13-29).
Hemos citado anteriormente estas palabras del Imam:
«Quienquiera que ha leído los antiguos libros de Dios, los libros de Adán, de
Noé y de Abraham, la Torah, los Salmos y el Evangelio,
debe reconocerme, ya que todos estos libros hablan de mí». ¡Que Dios
apresure para nosotros la alegría de su venida! […]
Por último ofrecemos un fragmento de Henry Corbin que
alude al retorno del Imam escondido:
«Todo ocurre como si la resurrección no pudiera ser
anunciada de otra forma que alarmando a todos aquellos que se apoderaron de “la
cosa divina” o de “la causa divina” para avasallar a los hombres movidos por
sus ambiciones y para secuestrar el destino personal de cada ser. Una
tradición que remonta al v Imam, Muhammad al-Bâqir, cuenta cómo el último Imam,
‘el Resurrector’, se había encaminado hacia la ciudad de Kûfa. He aquí que de
esta ciudad salió a su encuentro un cortejo de varios millares de hombres; en
él, sólo había gente de mucha categoría: lectores profesionales del Corán,
doctores de la Ley, etc., en pocas palabras, todo lo que la piedad oficial ha
podido constituir socialmente como devotos autoritarios. Y todos se
dirigían al Imam para rechazarle: “No te necesitamos para nada. No necesitamos
a un hijo de Fátima”.
Cuando leí este texto por primera vez, intuí que ya había
leído en otra parte unas palabras con la misma resonancia lejana. Y así fue
cómo ello me recondujo a la célebre novela de Dostoievsky (19) en la que el
gran Inquisidor, de regreso a Sevilla, rechaza a Cristo la noche que había sido
prendido, diciendo: “¿Por qué viniste a perturbarnos? ¿Acaso tienes derecho a
revelar aunque sea un sólo misterio del mundo de donde vienes? ¿Acaso habías
olvidado que la quietud e incluso la muerte son preferibles para el hombre
antes que la libertad de discernir el bien y el mal? Vete y no vuelvas más”». (20)
El Corán es el Imam silencioso, el Imam es el Corán que habla.
NOTAS
(1) Henry Corbin, En Islam Iranien.
Aspects spirituels et philosophiques. ed. Gallimard, París, 1971-1972, 4 t.
T. i, p. 7.
(2) Véase Al-Bujârî, Les Traditions
islamiques, ed. Maisonneuve, París, 1977, v. i, p. 2. Los chiítas poseen un
corpus de ahâdîth de los Imames que ha permanecido prácticamente
desconocido durante mucho tiempo en Occidente.
(3) H. Corbin, op. cit., t. iv, p. 309
y ss.
(4) Ibídem p. 323
(5) El término griego parusia
significa ‘presencia’.
(6) ¿No viven los judíos a la espera de la
venida del Mesías y los cristianos a la espera del segundo advenimiento de
Cristo o de su parusia?
(7) H. Corbin, op. cit., t. iv, p.
333.
(8) Ibídem p. 333.
(9) H. Corbin nos habla de la palabra árabe çûfí:
«Mientras los otros hijos de Adán se dedican a oficios que les permitirán
conquistar este mundo, Set se dedica totalmente al servicio divino. El ángel
Gabriel trae del paraíso una vestidura de lana (çûf) verde, con la que
reviste a Set. Los ángeles vienen a visitarlo y al volver al cielo anuncian a
los otros: “¡Hay uno vestido de lana (çûfi) que sobre la tierra se
dedica al servicio divino!”. Es así como, desde el profeta Set, la designación
de ‘vestidos de lana’ se da al grupo de los sufies». Esta narración
ilustra la explicación más común de la palabra sufí. Bîrûnî ofrece otra, que
acerca la palabra árabe çûfí a la griega sofos, ‘sabio’. H.
Corbin, op. cit., t. iv, p. 443, n.º 91. Así pues, no puede haber
ninguna diferencia entre el verdadero sufí y el verdadero chiíta.
(10) H. Corbin, op. cit.,
t. i, p. 117.
(11) Del griego parakletos,
‘defensor, intercesor’; procede del verbo parakaleo, ‘llamar a sí’.
(12) H. Corbin, op. cit.,
t. iv, p. 437.
(13) Ibídem, t. iv,
p. 304
(14) Ibídem, t. iv,
p. 305
(15) Ibídem, t. iv,
p. 438
(16) Ibídem,
t. iv, pp. 438, 440 y 442.
(17) Ibídem, t. iv,
p. 440.
(18) En sus orígenes, el
cristianismo alude claramente a esta parusia del Señor. Véase, por
ejemplo, la siguiente Epístola: «Tened paciencia, hermanos míos, hasta
la parusia del Señor. Ved: el labrador, en la esperanza del precioso
fruto de la tierra, espera pacientemente hasta que recibe la lluvia de otoño y
la de primavera. Vosotros también sed pacientes, afirmad vuestros corazones, ya
que la parusia del Señor está cerca» (Santiago v, 7 y 8). Hay que
leer también el extraordinario testimonio de Pedro (otro testigo de la parusia
en el Monte Tabor, con Santiago y Juan), en su primera Epístola: «No es,
en efecto, mediante la fe de las fábulas ingeniosamente imaginadas que os hemos
hecho conocer el poder de la Parusia de nuestro Señor Jesucristo, sino
como testigos oculares de su majestad». Véase la continuación del texto en 1
Pedro i, 16 y 12.
(19) Los Hermanos
Karamazov, ed. Cátedra, Madrid, 1987, p. 399 y sigs.
(20) H. Corbin, op. cit., t. iv, p.
441.
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